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Parodias: Caperucita roja: Caperucita roja
Enviado el Lunes, 01 noviembre a las 17:36:36 por full

 -Caperucita, ?podr?s llevar ahora esta cesta a la abuelita? La abuelita tiene mucha hambre y necesita comida...

-Claro, mamá.

-Ten mucho cuidado, hija mía. Recuerda que hay un lobo suelto por el bosque.

-No me pasará nada, mamá.

La mamá de caperucita tenía miedo de que algún día violaran a su hija. Vestía demasiado provocativamente. Llevaba una minifalda que apenas le cubría sus braguitas. Llevaba unas medias rojas y transparentes y unas ligas que no eran adecuadas para una niña de doce años. Estaba tan buena que podía empinar la polla de un cadáver. Caperucita no era consciente de la influencia que ejercía sobre los hombres.

-Si tengo hambre durante el camino, mamá, ¿podré comer un poco de la comida de la abuela?

-¡No!

-¿Por qué?

-Bueno, pues... porque no puedes. Si tienes hambre te prepararé algo para desayunar.

Caperucita se dirigió a casa de la abuela por el sendero habitual. Cuando ya había recorrido cerca de medio quilómetro tropezó. Caperucita fue capaz de mantener el equilibrio, pero la cestita y su contenido cayeron al suelo. Esperaba encontrar en el suelo pan, frutas, leche... Pero lo que allí había no era nada de eso.

Lo que había en el suelo era material pornográfico.

Allí habían revistas y películas porno. En una de aquellas revistas Caperucita vio como dos jóvenes de veinte años se lo hacían con una mujer de setenta. Se repartían el trabajo equitativamente. Cada uno se la metía por un agujero distinto.

-Pobre abuela, desde que murió el abuelo se debe de sentir muy sola.

También había un sobre. Caperucita lo abrió. Estaba repleto de fotografías. ¡Fotografías de Caperucita! Caperucita duchándose y enjabonándose. Caperucita haciendo pis y caca. Caperucita...

No entendía nada. Decidió regresar a casa para pedir explicaciones a su madre. Su madre no tuvo más remedio que confesar la verdad.

-Lo siento, Caperucita. Pero tienes que saber la verdad. Estamos en la ruina. Desde que murió tu padre hemos dependido económicamente de la abuela. Esa mujer es una depravada, una enferma. Su ayuda ha dependido siempre de enviarle periódicamente fotografías... como estás.

-Comprendo a la abuela, mamá. La muerte del abuelo debió transtornarla. ¿No crees que se merece fotografías mucho mejores? Quiero decir que si le ofreriéramos las mejores fotos que pueda imaginarse, la abuela podría dejarnos en paz definitivamente... y proporcionarnos una suma de dinero suficiente como para vivir tranquilamente el resto de nuestros días.

-Si tú estás de acuerdo...

Finalmente decidieron no realizar unas simples fotografías sino una película entera. A la abuela le iba a dar un ataque al corazón de lo excitada que se iba a poner.

-Me niego a hacer eso que me propones, Caperucita.

-¿Por qué no, mamá? Será sólo una vez... Además, soy tu hija. No te puede dar asco lo que hagas con tu hija, ¿verdad?

Caperucita tenía razón. Aquello no le iba a dar nada de asco. Todo lo contrario. La ponía a cien por hora.

Comenzaron a rodar.

La mamá de Caperucita no se atrevía a hacer aquello... Pero lo hizo. Comenzó a acariciar los muslos de su hija. Comenzó a magrearlos a placer. Caperucita se había puesto unos zapatos de tacón -rojos, por supuesto- que la hacían todavía más mayor y más atractiva.

La mamá llegó a la altura de las braguitas de su hija y se las retiró lentamente. Se acercó a su vagina y la lamió saboreando los líquidos vaginales. No tenía ninguna prisa. Caperucita no pudo evitar gemir de placer.

-Mamá, sigue, sigue...

Mamá y Caperucita intercambiaron los papeles. La mamá tenía cuarenta y ocho años, pero se conservaba muy bien. Al contrario que su hija no llevaba medias ¡ni bragas! El roce de su vagina con el pantalón de su pijama debía excitarla sobremanera. Caperucita lamió con fruición su lugar de procedencia, y saltó rápidamente hacia los pechos de su madre. ¡La mamá ya estaba completamente desnuda!

Sus bocas se unieron, y se besaron como dos enamorados. La mamá abarcó los dos gluteos de su hija para atraerla más hacia sí. Aquella era una experiencia que volverían a repetir una y mil veces. Se ducharon juntas e hicieron el amor en el agua.

Lo siguiente no fue -al menos para mi gusto- tan agradable. Prácticaron la lluvia dorada. La hija meó sobre la madre y la madre sobre la hija. Aquello les gustó mucho. Caperucita lamió la piel recién orinada de su madre como si de una golosina se tratara. La sesión que realizaron con sus excrementos fue de antología.




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