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Infidelidad: A las doce
Enviado el Lunes, 01 febrero a las 03:05:38 por ramiro706

 Miro el reloj y sonrío. Ya son casi las doce. El suave chirrido de la verja al abrirse me avisa de que, una noche más, ya estás aquí. Mi cuerpo se estremece con la anticipación del deseo.

Miro a mi marido que, plácidamente, duerme a mi lado. La sabia combinación de hierbas que me recomendó la vieja María hace que tenga una sueño pesado, del que le es casi imposible despertar. Noto la brisa en mi cara, señal de que has abierto la ventana y estás a punto de entrar. En silencio, me quito la camiseta blanca de algodón y el tanga. Desnuda, me tiendo sobre la cama. Sé que es así como te gusta que te reciba, con mi coño chorreante expuesto, mis grandes pechos coronados por mis pezones erectos y mi boca entreabierta por el deseo.

Despacio, sin ruido, te acercas a mí. Suavemente, pellizcas mis pezones, los acaricias con las palmas de tus manos abiertas hasta que se ponen tan duros que siento que van a reventar. De mi coño manan jugos aún más abundantes y me estremezco al sentir tus dedos pellizcando de nuevo mis pezones. Tu boca busca la mía, tu lengua juega con la mía mientras te sientas sobre mí. A punto del orgasmo con el sólo roce de tu piel me muerdo los labios para no gritar de placer. Arqueo mi cuerpo lo que te permite estrujar y amasar de nuevo mis grandes pechos, jugar con ellos a placer, volverme loca de deseo. Mi clítoris abultado late desesperado por sentirte, pero a ti te gusta torturarme suavemente. Tu boca busca mis pezones, mientras muevo mis caderas para indicarte que mi coño está desesperado. Me sonríes con malicia, y, de reojo, miras a mi marido que, ignorante de todo, continúa durmiendo. Muerdes y lames mis pezones, lo que me hace retorcerme aún más, y mi cuerpo se convulsiona con el primer orgasmo de la noche mientras tu boca se entreabre con una sonrisa burlona de satisfacción. Sabes que soy tuya, que puedes hacer conmigo lo que quieras. Despacio, te quitas la ropa. Intento acariciarte, pero te separas de mí mientras continúas desnudándote. Finalmente, te tumbas sobre mí, de forma que tu coño y mi coño se juntan en un beso caliente y húmedo. Nuestros clítoris abultados laten juntos mientras con mi boca busco tus pezones y mis manos recorren tu cuerpo. Me encanta el tacto de tu piel, tu suavidad, tu olor…, aspiro fuertemente y tu olor me llena mientras frotas tu coño contra el mío, tu clítoris contra el mío, en un movimiento circular que me nos vuelve locas. Noto tus jugos cayendo en mi coño y tu notas los míos bañando el tuyo. Te lamo y muerdo los pezones mientras tú besas y arañas mi cuello y mis hombros con tus dientes. Continuamos frotando nuestros clítoris, las dos a punto de un orgasmo inmenso que crece y crece hasta el infinito. Nos movemos cada vez más rápido y más fuertemente. Mi marido, dormido a nuestro lado, ignorante de todo, rebota sobre el colchón mientras nosotras nos fundimos en un beso para no rugir guturalmente con el placer que la llegada del primer y enorme orgasmo de la noche nos provoca a las dos. Nuestros clítoris laten con fuerza. Nuestras manos están fuertemente entrelazadas, mientras continuamos frotando nuestros cuerpos. Lentamente vamos bajando el ritmo hasta, jadeantes, quedar la una sobre la otra, descansado momentáneamente hasta el próximo orgasmo.

Te levantas y buscas en tu bolso. Con una sonrisa me entregas un paquete. Me siento en la cama y, entusiasmada, lo abro. Conozco el envoltorio y sé que has ido a la ciudad a comprar algún juguete. Mi garganta se seca y mi coño se encharca al contemplar el doble consolador de látex que reposa sobre el papel, dos grandes pollas unidas por la base. Te acercas a mí y me levantas las piernas, abriéndomelas todo lo posible, colocando mis muslos a la altura de mis hombros, de forma que mi coño vuelve a ser completamente tuyo. Con la punta de una de las pollas juegas con mi clítoris para después, meterla y sacarla, follándome suavemente. Gimo y muevo mis caderas porque quiero sentirla más adentro. Sonríes, subes a la cama y te sientas sobre las rodillas casi encima de mí. Lentamente metes toda la polla en mi coño, despacio, permitiendo que mi vagina se haga a semejante monstruo y después, poco a poco te metes tú la otra polla dentro del tuyo hasta que nuestros labios se rozan. Nuestros jugos chorrean. Permanecemos inmóviles unos instantes. La sensación de estarnos follando mutuamente es tan poderosa que ambas sabemos que el más leve movimiento nos llevará al orgasmo. Nuestros clítoris se rozan suavemente cuando, despacio, comienzas un movimiento de caderas leve. A cada impulso de tus caderas, una de las pollas se clava en mi coño al tiempo que la otra se clava en el tuyo. Yo comienzo a moverme también, empujando las caderas con fuerza. Te oigo jadear y, cuando tu cuerpo se arquea, atrapo tus pechos con mis manos, lo que te hace emitir un gemido bronco al tiempo que te estremeces con fuerza. Nuestros cuerpos se mueven cada vez más fuerte y más rápido, nos follamos con ganas, los muelles de la cama chirrían mientras nos follamos salvajemente al unísono. Te tumbas sobre mí y me susurras al oído que no pararás de follarme hasta que me muera de gusto. En ese momento nuestros clítoris se encuentran y estallamos en un orgasmo bestial que nos hace retorcernos, gritando de placer. Aún con las pollas dentro, nuestros cuerpos se convulsionan por los orgasmos, ya que encadenamos unos con otros; un simple movimiento de caderas hace que el placer vuelva a estallar y devore nuestros cuerpos. Finalmente te desplomas sobre mí. Minutos después me besas los labios suavemente, te vistes y desapareces por la ventana hasta mañana. Sonriendo satisfecha, miro a mi marido. Duerme plácidamente.

 


 

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