Me encanta que me follen fuerte y rápido, salvaje y sin contemplaciones, y notarle tan duro dentro de mí, sudoroso, jadeando y mordiéndome el cuello hizo que volviera a correrme entre gemidos de placer. Cuando él notó los temblores que me produjo mi orgasmo pegó tres empujones aun más fuertes y se corrió dentro de mí.
Fue el verano pasado, en una isla del mediterráneo. Una noche salí con unos amigos. Obsesionados con bailar salsa íbamos a todos los bares que tenían clases gratis… bueno, ellos estaban obsesionados, yo sólo me dejaba llevar, porque a mi la música latina me inspira poco.
Un domingo fuimos a un bar solo por la tontería de las clases. Estaba vacío y allí no bailaba nadie. Estábamos un poco aburridos cuando se acercó a nosotros un mulato impresionante, no era muy alto pero tenía un cuerpo de escándalo y una boca gruesa increíblemente sensual. Nos dijo que era el profesor de salsa, y que si salíamos con el a bailar, para animar un poco el bar.
Como mis amigos sabían más que yo, a mi me tocó bailar con él. Ese día me aficioné a los bailes latinos. Me contó que además de ser profesor de salsa, era DJ en un bar gay, y me dejó caer que la noche siguiente trabajaría allí.
Aunque esa noche no pasó nada, tenerle bailando pegado a mí me puso tremendamente caliente, así que cuando volví a casa me masturbé pensando en él. Me tumbé en la cama, abrí mis labios calientes, empapados e hinchados y empecé a acariciarme el clítoris con movimientos circulares, cada vez más fuerte, cada vez con más presión. Luego metí un par de dedos de la otra mano en mi vagina y empecé a moverlos pensando que eran su polla. Tuve un orgasmo fabuloso que me dejó exhausta y empapada en sudor.
Durante el resto del día sólo pude pensar en besar esa boca, probar el piercing de su lengua, lamer los tatuajes de esa piel canela y suave… Uffff, me acuerdo de él y me pongo cachonda de nuevo, mientras escribo noto cómo se me humedece el coño, creo que voy a tener que hacer una parada técnica.
Cuando llegó la noche yo me subía por las paredes, estaba caliente como una perra y mis amigos no salían, así que me fui sola a su bar. No hizo falta que le dijera a qué había ido. El tenía que trabajar, además sus compañeros del bar conocían a su novia, con lo que teníamos que hacer como si no fuera a pasar nada, lo que lo hizo todo más excitante.
Yo me dediqué a hacer amigos y bailar, pero le notaba observándome, lo que hacía que me contoneara para él, más perra cada vez. De vez en cuando nos cruzábamos y él me susurraba al oído cómo me iba a follar cuando cerraran el bar, o llevaba mi mano a su polla para que viera que él estaba tan cachondo como yo.
Por fin cerraron el bar y nos quedamos solos. Bueno, casi solos, porque mientras que él y yo nos fuimos a un rincón en otra parte del bar se quedó otro camarero y un amigo que se dedicó a chuparle la polla con entusiasmo… tener dos gays montándoselo al lado me dio muchísimo morbo.
Llevábamos tantas horas calientes y esperando que empezamos a besarnos salvajemente. Nos quitamos la ropa frenéticos y cuando le vi desnudo superó todas mis expectativas… ver su polla tan dura, brillante de humedad casi me hizo correrme. Se sentó en una banqueta y yo le monté. Tenía el coño tan caliente e hinchado que entró hasta el fondo de un solo empujón.
Empecé a moverme arriba y abajo, restregándome contra él, arañando su espalda, mientras, él mordía mis pezones y cuando su mano fue a mi clítoris palpitante me corrí por primera vez. Después él me levantó, me empujó de espaldas contra la pared y empezó a follarme sujetándome las manos arriba, dominando y marcando él el ritmo. Antes había dirigido yo y ahora le tocaba a mi semental mulato controlar la situación. Su polla entraba y salía de mí con empujones cada vez más violentos.
Me encanta que me follen fuerte y rápido, salvaje y sin contemplaciones, y notarle tan duro dentro de mí, sudoroso, jadeando y mordiéndome el cuello hizo que volviera a correrme entre gemidos de placer.
Cuando él notó los temblores que me produjo mi orgasmo pegó tres empujones aun más fuertes y se corrió dentro de mí. Las piernas no nos sostenían, así que nos dejamos caer al suelo a recuperar la respiración.
Nos despedimos como si no fuéramos a volver a vernos, pero la noche siguiente tuve que volver a por más… aunque esta vez fue en el malecón en vez de en un bar gay.
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