Cris con la voz entrecortada, me pedía que la penetrara que no la hiciera sufrir más. Con lentitud, fui colocando mi cuerpo encima del suyo, mi pene encontró su cuevecita y comencé a penetrarla, noté algo que frenaba el avance de mi pene, ella me miró y dándome un beso arqueó sus caderas y enterró mi verga en el fondo de su coño, la acababa de desvirgar, y yo había sido el elegido.
Lo que voy a relatar aunque es real, para mí es como un sueño del que no quiero despertar.
Comenzaré diciendo que soy un hombre normal, cuarentón, atractivo, según quien lo mire. A lo largo de mi vida he tenido muchas mujeres que han estado a mi lado de todas las formas habidas y por haber; pero ahora solo existe una que ha colmado mi vida de todo lo que un hombre sueña y desea. Me dedico a una profesión liberal, no os diré cual, pues soy muy conocido en mi ciudad, y después todo se sabe.
Conocí a Cris la mujer de la que os voy a hablar, hace unos meses, es una hembra espectacular, rubia, ojos claros, labios rojos como las fresas, piel blanca como el nácar, y un cuerpo que haría marearse al marino más intrépido, con unas medidas que para sí, la quisieran las modelos, 95 – 65 - 95, su profesión es la de presentar ciertos productos de los que somos usuarios los que nos dedicamos a mi profesión; tiene una manera de hablar, mirar, y sobre todo de colocar su maravilloso cuerpo que es difícil que pase desapercibida, cosa que no ocurrió cuando la conocí.
Fue una mañana en la que tenía mucho trabajo, apenas si levanté la cabeza cuando entró a mi despacho, pero al oír su voz melodiosa todo cambió, me llamó la atención su forma de hablar, y el cariño con que se dirigió a mí sin apenas conocerme. Me levanté de la silla, pues me considero un caballero que cuando entra una dama en una habitación, vehículo, etc., le ofrezco una señal de respeto. Me quedé mirando sus ojos y sus jugosos labios, la verdad que me sentí en un éxtasis difícil de describir. Todo quedó ahí, ella marchó, yo en justa correspondencia utilicé sus productos con algo más de alegría, pero todo acababa de comenzar.
Pasaron semanas y volvió de nuevo a mi despacho, esta vez más abierta, lucía un elegante traje chaqueta de color crema, con una camisa negra que dejaba ver un generoso escote que insinuaba, lo que me imaginé con toda razón, dos preciosas colinas con un maravilloso valle, charlamos, y a cada minuto mi corazón palpitaba con más fuerza, y comenzaba a notar una sensación placentera a nivel de mis partes nobles o no tan nobles. Ella me miró dulcemente, pero sin apartar sus ojos de los míos, me invitó a pasar un par de días en Madrid, justificando citas de trabajo, a lo que accedí encantado, quedamos en vernos a las dos o tres semanas, contaba el tiempo como el preso que espera salir de la prisión.
Llegó el día, me recogió con su vehículo, fuimos a una ciudad vecina donde embarcamos en avión con destino a la capital del reino o por qué no de mis fantasías con ella. Tuvimos un vuelo bastante accidentado, pero llegamos sin más problemas, nos esperaba una limusina que nos llevó dando un maravilloso paseo por la capital, sentado a su lado rozando su cuerpo con cuidado y deseo; sus manos me tocaban de forma casual o tal vez no, creo que era consciente de la lujuria que embargaba mi alma y mi cuerpo.
Fuimos al hotel cada uno a nuestra habitación, que casualmente estaban juntas, dejé el equipaje, me metí en el baño y me di una ducha, conforme me enjabonaba el cuerpo con los ojos cerrados me imaginaba que ella estaría haciendo lo mismo, su cuerpo desnudo bajo el agua tibia de la ducha, su cabello mojado cayéndole por la espalda, y el agua corriendo por todos los rincones de su cuerpo, eso hizo que mi pene se pusiera en pie de guerra, tuve una erección increíble, mis piernas temblaban y a punto estuve de no caer en la bañera.
Salí como pude, me vestí y acudí presto al hall del hotel donde había quedado con ella. No se hizo esperar, salió del ascensor, con un vestido negro ajustado a su enloquecedor cuerpo, medias de malla negras muy tupidas con unos zapatos de tacón de aguja que daban vértigo, era una diosa de sensualidad y belleza. Fuimos a cenar, y después de tomar unas copas a la discoteca del hotel, el ambiente de una disco de hotel es algo peculiar, pero era lo que menos me importaba, en cuanto podía juntaba mi cuerpo al suyo con cualquier excusa peregrina, como lo haría un quinceañero novato, y la verdad que ella respondía a la primera, si yo al bailar la apretaba suavemente, ella lejos de separarse, se fundía más conmigo, y cuando en la barra la aproximación era por su portentoso culete, creía flotar pues con extrema finura acomodaba su bien contorneado trasero acunando mi miembro que en ese momento estaba en plena efervescencia.
Estuvimos así un rato, baile aquí, baile allí, roce aquí, roce allí, llego la hora de subir a las habitaciones cogimos el ascensor, mi corazón iba a 100 ¿sería el momento que tanto esperaba?, la acompañé a su estancia, nos dimos un beso de despedida, y todo parecía que iba a quedar ahí. Como tengo costumbre siempre beso a una mujer en las mejillas, pero ella esquivó y colocó sus dulces labios en los míos manteniendo un largo y cálido beso, yo quedé un poco parado, no esperaba esa respuesta, y me dijo, luego más, y nos despedimos. Como os dije nuestras habitaciones estaban una al lado de la otra, cuando fui a la mía, me desnudé y me metí en la ducha, si no podía follar con ella, me haría una buena paja a su salud, así lo hice, cuando terminé me acosté en la cama tan solo con la toalla alrededor y de pronto llamaron a la puerta, eran las 2:30 de la madrugada.
¿Quién sería a esa hora? Yo no esperaba a nadie; abrí y mi sorpresa fue mayúscula, era Cris, cubría su maravilloso cuerpo con una suave bata de seda, que dejaba marcados cada uno de sus encantos. Me rodeó con sus brazos, y nos fundimos en un largo beso, mi manos tocaban cada centímetro de su cuerpo, y ella me correspondía, así estuvimos un largo rato, de repente su bata cayó al suelo.
La visión fue enloquecedora, que cuerpo, que curvas, mis ojos se recrearon primero en sus húmedos labios, fueron bajando poco a poco, me detuve en sus pechos, dos maravillosas colinas coronadas por unos pezones erectos claritos, perfectos, seguir bajando y su ombligo fue la siguiente etapa, divino, y llegué a la parte donde más me recreé, su maravilloso monte de Venus, perfecto, con el vello perfectamente recortado, como a escuadra, dejé de mirar y pasé a la acción.
Mi boca de dirigió a sus pechos, comencé a lamer esas dos maravillosas tetas consiguiendo que sus pezones se pusieran aún más erectos, ella gemía con su espalda apoyada en la pared y sus piernas algo flexionadas, dejando ver claramente su rajita, cambié mi boca por mis manos que apretujaron con ardor y pasión sus divinas tetas, y mi lengua fue bajando lentamente recorriendo cada centímetro de su piel, jugueteé en su ombligo y me dirigí abiertamente a su sexo, llegué a él, lo miré como mira un niño un helado, y mi lengua lo acarició, que rico, dulce como el néctar y suave como la seda, Cris gemía y gemía, sus manos se aferraban a mi cabeza empujándola más y más dentro de ella.
Me levanté y la llevé a la cama, pero aquí fue ella quien asumió el control. Me echó en el lecho, ella se arrodilló y empezó a hacerme una mamada de campeonato, que buena, lo hacía con una maestría digna de la mejor amante que uno pudiera pedir, cuando notó mi erección, paró se puso a cuatro patas presentando su concha frente a mi cara, en un 69 de locura, tuve mi segundo orgasmo a su salud, se tragó toda mi leche, y como me exprimía, creí enloquecer, ahora el que gemía era yo, acompañado por Cris que arqueaba su espalda para que mi lengua la penetrara más y más.
Descansamos un poco y nos tomamos un benjamín de Cava, y continuamos ahora fui yo quien gobernaba, después de acariciar todo su cuerpo me dirigí a su vulva, la besé, y mi lengua separó los maravillosos labios mayores, que me descubrieron una cuevecita húmeda que palpitaba lametazo a lametazo…
Cris con la voz entrecortada, me pedía que la penetrara que no la hiciera sufrir más. Con lentitud, fui colocando mi cuerpo encima del suyo, siempre acariciando y besándola por doquier, mi pene encontró su cuevecita, y comencé a penetrarla, me costó y noté algo que frenaba el avance de mi pene, ella me miró y dándome un beso arqueó sus caderas con una fuerza que enterró mi verga en el fondo de su coño, la acababa de desvirgar, y yo había sido el elegido.
Tuvimos un largo orgasmo, con movimientos lentos, pero continuos y al final nos quedamos rendidos encima de la cama, abrazados, yo acariciando su espalda, ella con su cabeza en mi tronco, y sus manos acariciando mi verga.
Cuando la volvió a poner en forma me pidió que la penetrara por su culito, si su coño era precioso, su culo lo era más aún, se colocó encima mío, a horcajadas de espaldas a mí, y se fue introduciendo mi miembro en su culete, ensartada con mi estoque, me levanté y la cogí de las tetas que no paré de manosear hasta que un nuevo orgasmo nos dejó tendidos y dormidos.
Al despertar por la mañana, ella no estaba, se había ido a su habitación me duché, me vestí y bajé a desayunar, allí estaba ella impecable, como si hubiera dormido toda la noche, nada más lejos de la verdad; me sonrió y me dijo que lo había pasado estupendamente, terminamos el desayuno, y volvimos a nuestra ciudad, al despedirnos le dije lo bien y cuanto me había gustado, ella me dio su tarjeta y guiñando un ojo me dijo que cuando quisiera la llamara, acudiría presta.
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