Me metio la mano al bolsillo y comenzo a masturbarme, mientras por detras me frotaba su verga, que se podia sentir perfectamente cada vez que me empujaba hacia el.
Era un día como cualquier otro, me dirigía de regreso a mi casa, después de una agotadora tarde de universidad. Por fin había terminado la semana, era viernes y no tenía ningún examen o trabajo que preparar para el lunes, por lo que el fin de semana sería completamente para mí.
Me acerqué a mi estación de metro y me di cuenta que estaba atestado de gente. Típico de fin de año, donde todos andan comprando regalos, y con mayor razón a esa hora, donde sale toda la gente que regresa de su trabajo a la casa.
La situación no me molestaba, era ideal para colocarme detrás de un buen culo, e irme punteándolo hasta mi casa. Antes de que llegara el carro, di una mirada al ganado que se encontraba en ese momento, y cerca de mí, divisé una mujer rubia, de unos 40 años, como me gustan a mí, con unas pata negras ajustadas, que dejaban a la vista un hermoso y grande culo. La señora no tenía muy buen caracho, pero eso a mí no me importaba. Me coloqué detrás de ella y al llegar el carro, entramos todos amontonados. Ya a la entrada, le pegué unos buenos empujones. Adentro ella se me alejó un poco, pero igual logré colocarme a su lado, claro que la posición no era la que yo quería. Pero de todas formas mi verga, que ya se había despertado, quedó apoyada en su pierna.
A la siguiente estación, subió más gente de la que se bajó, y ya estabamos completamente apretados. En un momento sentí que alguien se había puesto completamente detrás de mí. De reojo me di cuenta que era un hombre de unos 28 años, con lentes y chaqueta de cuero negra. Pude sentir como apoyó su bulto en mi culo. Pensé que solo eran ideas mías, y traté de moverme un poco, pero el hombre nuevamente se apoyó en mí. Ahora sentí como me apoyaba algo en la espalda y acercándose a mi oído, me dijo: Quédate quieto, si no quieres sentir más adentro la cuchilla.
Quedé paralizado. Había visto muchas veces como asaltaban a la gente en los micro o en el metro, pero nunca me había tocado vivir esa experiencia. El hombre con su mano, me metió la mano en el bolsillo de atrás y me sacó la billetera. No contento con esto, me metió la mano en los bolsillos de adelante, para buscar algo más de valor, y al hacerlo, se encontró con mi verga que aun estaba dura por la pierna de la rubia.
Mira lo que me encontré, me susurró al oído, y agarrándomela muy fuerte, la apretó en su mano. Sentí como su verga se paró y se cargó contra mi culo. Comenzó a puntearme a mí, mientras con su mano seguía apretándomela muy fuerte, hasta causarme dolor. Luego la soltó y metiéndome la mano por detrás, me presionó con su dedo, la entrada de mi virgen culito. Debo confesar que estaba muerto de miedo, pero la sensación no me fue del todo desagradable. Tenía miedo de sentir la cuchilla en mi espalda, vergüenza de que alguien se diera cuenta de lo que me estaban haciendo, pero sentir la mano del hombre en mi trasero, de alguna forma me excitaba.
El hombre nuevamente me metió la mano al bolsillo y comenzó a masturbarme, mientras por detrás me frotaba su verga, que se podía sentir perfectamente cada vez que me empujaba hacia él. Me tienes muy caliente maricón, me decía al oído. Con mi pene en su manos, me empujaba para atrás, su movimiento de su manos sobre mi verga, poco a poco me fue gustando. Veo que también te está gustando maricón... Sentí como dejaba apretada su verga en mi culo, podía sentir el movimiento de esta cada vez que expulsaba su semen. Al mismo tiempo, sin darme cuenta, yo acababa en la mano de este desconocido.
El hombre sacó su mano de mi bolsillo, justo en el momento en que el vagón se detenía y abría sus puertas. Tomó mi mochila, y dándome un empujón, salió del metro. No me atreví a decir nada, me fijé en la mancha que yo mismo había dejado en mis pantalones. Me dio miedo de que la misma mancha estuviera en mi trasero.
Me saqué la chaqueta y me la puse amarrada a la cintura. La siguiente estación era la mía. Bajé del metro, vi como este cerraba sus puertas, y se alejaba. Caminé a mi casa, aún tiritaba; aunque no sabía si de miedo o de placer.
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