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Gays: ACOSO SEXUAL
Enviado el Lunes, 27 octubre a las 15:35:36 por nachox
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Estoy recordando, me tiraste a la cama, la misma que comparto con mi esposa, me bajaste el pantalon, me sacaste el slip, el miembro salto liberado y te entregaste a la tarea de mamarlo.
Él es el contador de mi padre. En estos relatos le llamo por su edad: 43. Los escuchaba conversar desde mi habitación, donde me había encerrado sabiendo que era él quien había llamado a la puerta. Su voz se escuchaba muy claro, como si la levantara para que yo escuchara. El sabía que yo estaba allí por eso hablaba inusualmente fuerte. Mi papá lo atendía.
Mi nombre es Emmanuel, tengo 23 años, bellos ojos y labios, lindas piernas y culo. Fui el amante de 43 hasta hace exactamente una semana, cuando le envié un correo explicándole que le dejaba libre. Le escribí que ya no le vería, que dejaría de ser causa de su molestia.
La decisión la tomé, el último día que tuvimos con él una tormentosa relación sexual. Después de eso, yo le manifesté que me sentía solo y él se enojó. Fue entonces que me repitió como otras veces:
“Creo que debemos rever nuestra situación Emmanuel. Estamos sufriendo los dos: vos por tus celos y yo porque estoy engañando a mi mujer y también porque no me gusta tener una relación homosexual. ¿no te parece suficiente eso para que me vengas encima con esta escena?”.
Ese día 43 cerró de un portazo la puerta del “Sebastián”, el departamento suyo en el que nos encontramos, y quedé solo y me sentí solo. Allí tomé la decisión y le escribí.
Le escribí que yo tomaría distancia, que me alejaría, que se sintiera libre de mí. Que ya no se culparía de engañar a su esposa y tampoco se repugnaría por comportarse como un homosexual. Le escribí que lo amaba más que a nadie en el mundo, que él era la persona que me sanó tantas heridas y que me hizo feliz.
Agradecí su ternura y toda aquella experiencia de pareja que había disfrutado. Le escribí mucho, sinteticé nuestra larga historia subrayando lo mas hermoso de ella. 43 era libre y debía sentirse así.
Nuestra relación en los últimos meses fue diaria. Al mediodía nos amábamos en el Sebastián, y a la noche durante tres años seguidos iba a visitar a su familia, que era la mía también.
Al otro día no fui al Sebastián y al siguiente tampoco. Desde hace tres días, 43 viene atacando con artillería pesada. Al principio, bajaba canciones que me dedicaba por correo sin ningún mensaje adjunto, después me enviaba mensajes por el celular citándome en el Sebas.
Hace cuatro días, ví desde la ventana de un aula de mi facultad, que su auto estaba estacionado en un lugar no permitido. Asombrado y con miedo me asomo a la ventana y miro alrededor, y diviso a 43 apoyado en un árbol, fumando y mirando hacia donde estaba.
Allí estaba él, con su estampa de siempre, alto, con sus cabellos castaños mal peinados, con su rostro sin afeitar y sus ojos verdes mansos y alegres, allí estaba hermoso como de costumbre. Salí precipitadamente del edificio por otra puerta y me fui. No quiero encontrarme con él, porque se que voy a rendirme a lo que pida.
Esa noche como siempre fui al gimnasio a la hora acostumbrada, pero al pasar por el estacionamiento y como presintiendo me fijé y otra vez observé su coche estacionado, me escondí en la oscuridad y lo vi en la puerta esperándome, aproveché que no me vió y regresé a mi casa.
Todos los días tengo en mi correo algunos mensajes de él, al principio, como dije, eran canciones. Ahora son mensajes largos, todos evidencian sentimientos claros: recuerdan situaciones placenteras, me dice que me extraña.
Otros mail reflejan dudas sobre mi persona, me reclama haberle engañado, me dice que seguro estoy saliendo con otro, y hasta llegó a amenazarme que voy a pasarla mal si descubre que lo estoy engañando. Me ofende.
Pero los mensajes que son irresistibles son aquellos que reflejan su impronta de niño grandote travieso, aquellos que están llenos de lujuria. Para colmo nuestra historia como pareja le da argumentos y contenidos en exceso para recordarlos.
Ayer recibí un mail, cuyo asunto titulaba “La paja”, así le llaman en mi país a la masturbación, y en uno de sus pasajes centrales me decía: “en este momento la tengo parada. Si, esta pija que tantas veces has chupado está erecta, está deseando ese culo inmenso que tantas veces ha penetrado.
Imagino tus labios hermosos que la toman de la cabeza y le hace cosquillas con la lengua, la supongo dentro de tu boca exigiendo leche.
Sospecho que estarás ávido de que mi grueso pene te atraviese hasta la garganta sin pedirte ningún permiso. ¡Ahhh, recuerdo la última vez que te atragantaste con tanto semen! tuve que sacarla abruptamente de ti para que respiraras”.
Otro mail escribía: “¿te acuerdas en los principios cuando yo quería terminar esta relación?, hoy estoy recordando como en un momento, me tiraste a la cama, a la misma que comparto con mi esposa, y sin preguntármelo, me bajaste el pantalón, me sacaste con tus dientes el slip, el miembro saltó como un resorte liberado y te entregaste a la tarea de mamarlo.
Recuerdo que mamabas como un bebé sediento y hambriento y yo me rendía a esos placeres. Tus gruesos labios superaban todos los remordimientos que podía sentir por estar haciendo eso en mi cama marital.
Me estoy conteniendo para no masturbarme, porque esta tarde quiero encontrarte en El Sebastián, y descargar en tus intestinos tanto contenido acumulado.”
Realmente estoy confundido. Antes de esta decisión que tomé, 43 me ha pedido tantas veces que no insistiera más, que él era un hombre con familia, que lo dejara tranquilo. Me enrostró repetidamente hasta hacerme sentir culpable del adulterio.
Logró que me sintiera responsable de haberle arrastrado a la homosexualidad, y resulta que ahora que decido liberarlo de todo compromiso, me siento acosado por su insistencia.
No doy más. Todos los días me he masturbado con sus mensajes, he llorado con sus canciones seleccionadas de manera inteligente. He huido repetidamente de los lugares que frecuento para evitar el encuentro.
Desde ayer llega a mi casa. No pregunta por mi porque no se anima, pero viene por mi. Ha venido dos veces, en la primera me encerré en mi habitación, y en la segunda lo vi desde la casa del frente, lugar en el que me encontraba en ese momento.
En otra oportunidad, hubiera salido corriendo a su encuentro, a disfrutar de su visita. Pero hoy, solo sentí un revuelco en mi interior y una gran tristeza.
Acabo de leer mi correo, y allí, el último de sus mensajes, insiste en encontrarnos en su departamento.
Su acoso está dando resultado. Pero me pregunto: ¿me ama o solo está caliente conmigo? Yo se que con él no pasaré nunca de la condición del amante clandestino, y no me importaría serlo. Pero no me afligiría si el no se sintiese culpable y no me hiciese sentir responsable.
Al momento, este acoso me indica que 43 solo quiere sexo.
¡Qué lástima! Porque yo lo amo.
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