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Intercambios: SEDUCIDA POR MI SUEGRO, Y MI ESPOSO
Enviado el Jueves, 03 abril a las 00:30:36 por JuPo

 Mi suegro puso su verga en mi boca. Me senti como una puta mientras mi marido me cogia, mi hambrienta boquita saboreaba la verga de mi suegro. El placer y la calentura eran indescriptibles

Hola, amigos. Soy Doris, y después de una muy larga ausencia por fin les voy a contar la última parte de mis relaciones con mi suegro. Suspendí la escritura y muchas otras actividades porque mi vida ha sufrido cambios radicales en estos últimos 15 meses. Ya no vivo en el sitio donde vivía, e incluso estuve un poco más de un año sin comunicarme con mi suegro. Esta vez procuraré no extender demasiado los preliminares, pero si es necesario que antes de pasar a la “acción” les cuente algunas cosas y remita a quienes lean mis relatos por primera vez y estén interesados en mi historia a los tres que publiqué en esta misma página y se llaman “Seducida por mi suegro”, partes 1, 2 y 3.

Voy a retomar mi relato unas semanas después de lo que ocurrió en el último, en el que les conté el encuentro en que mi suegro al fin me cogió por el culo. Como recordarán no fue fácil y mi culito me quedó un poco adolorido, pues nunca había recibido una verga de ese tamaño por ahí. Un poco después volvimos a coger por el culo y esa vez fue mucho más fácil, yo me pude relajar mejor, mi suegro entró más despacito y de verdad que lo disfruté muchísimo, pero no tanto como lo que ahora les voy a contar.

Pues bien, resulta que a mi marido le hicieron una propuesta laboral muy buena en una ciudad muy lejana a la nuestra (prácticamente al otro lado del país), con opción de estudiar un postgrado y lograr un gran aumento de sueldo. Por supuesto, antes de aceptar lo platicó conmigo. Como la oferta era muy buena y había también grandes posibilidades de desarrollo laboral para mí, no dudé ni por un momento en aceptar. Cierto, eso significaría que mis relaciones con mi suegro se terminarían, y aunque no voy a negar que sentía pena por eso, yo estaba muy bien consciente de que aquello terminaría algún día. Y creo que muy, muy en el fondo me daba cuenta de que era una gran oportunidad para terminar bien con él. Había disfrutado mucho y tendría muy ricos recuerdos.

Lo que jamás imaginé fue la manera en que se dio esa despedida. Mi marido y yo ya estábamos ultimando detalles para la mudanza, pero desde unos días antes yo me daba cuenta de que estaba callado, y como distraído. Quizá hasta un poco triste. Y yo lo atribuí al hecho de que él tendría que suspender sus relaciones con su hermana. Una noche estábamos teniendo una deliciosa sesión de sexo. Él ya había visitado todos mis huequitos y yo me sentía más que satisfecha, pero él se puso demasiado serio. Empezó a hablarme escogiendo sus palabras muy lentamente, con mucho cuidado, y poco a poco me lo confesó todo. Me dijo que hacía el amor con su hermana desde que ambos eran adolescentes, aunque se habían distanciado mucho por los sentimientos de culpa que a los dos les provocaba esa situación. Pero hacía tres años atrás, habían vuelto a convertirse en amantes hasta aquel día.

Cuando mi esposo terminó de hablar, me dijo que lo sentía mucho, que ya no soportaba más ese secreto y que estaba dispuesto a aceptar cualquier decisión que yo tomara al respecto. Ya se imaginarán cómo me sentí. Era una mezcla de enojo, celos, ternura... y sobre todo una tremenda culpabilidad, porque sentí que ya no tenía pretexto para no contarle a mi lo que había estado haciendo con su propio padre.

Él notó mi expresión, y con mucha timidez me tomó de la mano para preguntarme que era lo que sentía... y ya no pude más. Con lágrimas en los ojos le dije que tenía que hacerle una confesión mucho peor que la suya, y que también le entendería si jamás quería volver a saber de mí. También le dije que yo ya sabía que él tenía relaciones con su hermana y que en parte por eso yo misma lo había engañado... con su propio padre.

Él se quedó muy sorprendido, y yo lloraba sin atreverme a verlo a la cara. Esperaba amargos reproches, tal vez hasta una cachetada, pero lo único que sentí fue que me abrazaba y me decía solamente que se lo contara. A mí me dio tanta vergüenza que le dije que no, que era muy penoso para mí. Me estuvo abrazando un rato mientras yo dejaba de llorar, y cuando al fin lo hice y reuní el valor para verlo a los ojos me tomó mi cara y me preguntó si estaba dispuesta a perdonarlo y a seguir con él. Yo no me esperaba eso, pero por su puesto que lo deseaba. Lo amaba y lo amo tanto que no quería separarme de él.

-Entonces, mi vida, por favor dímelo todo. Necesito saber todo, y por favor no me ocultes nada. Eso es lo que yo te pido.

Después de vacilar varias veces comencé a contarle todo. Me empezó a pedir detalles de la relación, de cómo y dónde hacíamos el amor, y aunque yo no quería, poco a poco me fui soltando y comencé a darle todos los detalles. Y por increíble que parezca, empecé a notar que su verga crecía y que yo misma estaba excitándome mucho.

Nuestra calentura subió tanto, que cuando terminé de relatarle la manera en que mi suegro me la dejaba ir por el culo me tomó en sus brazos y comenzamos a besarnos apasionadamente. Con mis besos fui bajando y comencé a mamar su deliciosa verga, disfrutando de su increíble dureza y el sabor mezclado de nuestros jugos de amor. Luego me paré y me senté de un solo golpe en su verga, sintiendo cómo me llegaba hasta el fondo de la vagina y comencé a cabalgarlo con furia, pero él no me lo permitió.

Me levantó y rápidamente me puso boca abajo en la cama, para luego levantarme por las caderas, abrir mis nalgas con sus manos y sin avisar me la dejó ir de un solo golpe por el culo. Yo lancé un grito de sorpresa y de dolor. Jamás me había penetrado así, pero no tardé nada en empezar a gozar. Estaba tan excitada que me vine muy rápido. Pero mi amado me cogía tan rápido y fuerte que me volvía a excitar a mil, y me vine nuevamente cuando sus chorros de leche caliente llegaron hasta el fondo de mi ano.

Una vez que nos recuperamos, nos volvimos a abrazar y entre besos y caricias nos perdonamos. Esa noche dormí muy tranquila pensando en que todo se había arreglado, pero a la mañana siguiente, poco antes de irnos al trabajo, mi marido me dijo que ahora sólo le faltaba hablar con su padre. Yo me asusté mucho, pero por más que le insistí en que yo acabaría con esa relación, el me dijo que ellos dos tenían muchas cosas de qué hablar, y que también estaba el asunto de su hermana. Al verlo tan decidido supe que no lo iba a convencer, así que solamente le pedí que no se pelearan. El me aseguró que no pelearían, que simplemente arreglarían el asunto entre ellos.

Aquel día no me pude concentrar en el trabajo, así de nerviosa estaba. Tenía miedo de que se fueran a pelear o a decirse de cosas. Y como mi marido no es de los que le gusta dejar las cosas para después, ese mismo día fue a ver a su padre. Ni siquiera me avisó, solamente lo supe cuando lo vi llegar. Estaba serio y parecía como pensativo, pero no se le veía triste ni tenso. En cambio, yo estaba hecha un manojo de nervios. Le pregunté cómo le fue, y cuando me respondió me dijo que ya había hablado con su padre.

- ¿Y qué te dijo? –le pregunté súper nerviosa. - Bueno, aclaramos las cosas y nos disculpamos. Y para terminar de saldar todo me hizo una propuesta. En realidad nos la hizo a los dos, aunque no me imagino lo que vas a responder, amor.

Ya se imaginarán lo intrigada que quedé, pero él prosiguió antes de que yo le preguntara más.

- Me contó que desde hace tiempo su pareja de él, Aleida, se ha sentido atraída por mí y que alguna vez le dijo que le gustaría tener algo conmigo, o aún mejor, con los dos. Así que... para acabar con diferencias y resentimientos, me propuso hacer dos tríos... Uno con Aleida y uno contigo, si tú aceptabas.

La verdad es que me quedé de una pieza y muy sorprendida. Estaba escandalizada por el descaro de la proposición, pero en el fondo, siempre tuve la fantasía de hacer el amor con dos hombres a la vez, ¿y quién podía ser mejor que los dos hombres que más me habían hecho disfrutar en mi vida? Lo miré fijamente a los ojos y me di cuenta de que a él, al menos en el fondo, no le desagradaba la idea. De todos modos se lo pregunté.

-Jamás lo haría si tú no lo quisieras, amor.

Así que su respuesta lo decía todo. El también lo deseaba y yo era la que tenía que decidir. Estuvimos pensativos y distanciados aquella noche y todo el día siguiente. Yo lo pensaba una y otra vez, y la verdad es que cuando me imaginaba el trío me calentaba tanto que varias veces fui al baño a masturbarme. Lo que no me gustaba era que él iba a hacer el amor con otra mujer. Lo pensé muchas veces, y finalmente me di cuenta que en cierto modo se lo debía, y él a mí. Cuando finalmente platicamos sobre ello llegamos a una solución: ambos lo haríamos, y juraríamos que nunca nos volveríamos a acostar con esas personas. Todo debía quedar allí. Acordamos hacerlo un día después para que no tuviéramos mucho tiempo para arrepentirnos; y convinimos que mi suegro nos esperaría en el motel para que no tuviéramos que llegar todos juntos.

Todo ese día y parte del siguiente estuvimos muy nerviosos. Yo más de una vez estuve a punto de decirle a mi marido que lo olvidara todo, que no iría, pero debo confesar que el tremendo morbo de la situación y mi curiosidad me ayudaron mucho a superar el miedo. Un poco antes de la hora me hice un aseo muy cuidadoso y me arreglé muy bonita, con una blusa rosita sin mangas, tanguita negra y una minifalda que me llegaba a mitad de los muslos. Cuando mi marido me vio arreglada se le desorbitaron los ojos. Me daba perfecta cuenta de que de si no fuera por el compromiso que teníamos me hubiera tomado y cogido ahí mismo, y la verdad es que eso me hacía sentirme más que satisfecha.
Al fin llegamos al discreto lugar y no tuvimos ningún problema para encontrar el cuarto donde ya nos esperaba mi suegro. Cuando al fin cerramos la puerta nos quedamos como paralizados. Los tres estábamos muertos de pena. Ninguno hablaba, y la incómoda situación se prolongó por bastante tiempo. Estoy segura de que si mi marido no hubiera empezado hubiéramos salido huyendo de ahí.

Con mucha timidez se me acercó, me tomó de las manos y abrazándome me comenzó a besar, al principio muy tímidamente, pero poco a poco con mayor soltura. Yo estaba tan nerviosa que al principio no le correspondí, pero cuando sus manos bajaron a mis caderas y comenzó a meterme la lengua a la boca me relajé bastante y le correspondí. Las manos de mi marido se metieron por debajo de mi blusa y juguetearon con el broche de mi sostén, hasta que al fin lo soltaron liberando mis grandes senos. Le ayudé a quitarme la blusa y el brasier. Estaba tan nerviosa y emocionada que mis pezones parecían piedras. Con sus besos bajó por mi cuello y mi pecho hasta que sus labios se apoderaron de mi seno derecho.

Supongo que al ver el espectáculo mi suegro se animó al fin, y se acercó hasta quedar muy cerca de mí. Yo lo acerqué con mi brazo, y también muy tímidamente comenzó a besar mi pecho y el nacimiento de mi otro seno, mientras la hábil boca de mi gordito torturaba mi pezón con sus dientes y su lengua. Yo ya estaba gimiendo, abandonada al placer, cuando al fin mi suegro se apoderó de mi otro pezón y comenzó a chuparlo y acariciarlo con su bigote no rasurado estuve a punto de venirme. Mi concha estaba empapadísima.

Mi marido bajó y me quitó la falda y la minúscula tanga de hilo dental para mamar mi panocha. Me sentí tan excitada que como pude, los tomé a ambos y les bajé la trusa y el cierre para sacar sus dos fabulosas trancas que ya estaban bien paradas. Les dije que los quería mamar a los dos y cada uno se colocó a mi lado mientras los acariciaba con mis manos. Las dos eran hermosas, a pesar de la diferencia de tamaño, y las fui chupando alternativamente, con frenesí, paladeando el sabor peculiar de cada uno. Era exquisito sentir mi boca llena con esos durísimos garrotes, pero quería más, y sabía muy bien que mis dos hombres podrían proporcionármelo

Me incorporé, y ellos me ayudaron a despojarme de toda mi ropita. Quedé sólo con mis zapatos puestos. Mi marido se apartó apenas un momento para traer unas almohadas de la cama y colocarme en cuatro. Pensé que me iba a clavar ahí mismo su garrote en la panocha, pero me llevé una sorpresa cuando lo ví con el tubo de lubricante en la mano. Sin darme tiempo apenas a reaccionar, me dio su dedo lleno de lubricante en el culo y casi enseguida se colocó detrás de mí para comenzar a penetrar mi culito.

La verdad es que no esperaba que empezáramos así, pero pronto comencé a gozar su poderoso bombeo y mi placer fue todavía mayor cuando mi suegro, completamente desnudo se arrodilló frente a mí y me ofreció su rico trozo de carne por la boca. Sólo tuve que abrir mis labios para alcanzarlo ¡Qué delicia! Dos durísimas vergas estaban llenando mis agujeritos. Jamás había pensado que sentiría tanto placer, y me sentí contenta de haber aceptado hacer el amor con esos dos hombres que sabían cogerme tan rico.

Mi marido no resistió mucho y pronto sentí que mi culo se inundaba con su cálida y pegajosa descarga, haciéndome estremecer de deleite. Pensé que mi suegro se iba a venir en mi boca y que iba a saborear la leche por dos de mis agujeritos, pero cuando mi marido se levantó, mi suegro se colocó detrás de mí para llevar su verga a mi ano dilatado y lubricadísimo con la jalea y la abundante leche con la que mi esposo había regado mis intestinos. Mi suegro empujó suavemente, pero con firmeza y mi culo creció más para alojarlo hasta el fondo.

Me empezó a bombear cada vez más rápido, y yo no pude evitar venirme y gritar de deleite por el fabuloso orgasmo que experimenté. Mi suegro desenculó, había escuchado que la ducha empezaba a funcionar y me invitó a que nos uniéramos a mi marido en el baño. Ahí, mientras el agua nos empapaba hizo que me arrodillara y me cogió por el culo un poco más mientras mi marido nos veía con los ojos llenos de lujuria. Luego se lavó muy bien su macana y consumó lo que yo había esperado un rato antes, bañando mi cara y mi lengua con sus ricos jugos de hombre.

Cuando apenas me había quitado la leche mi marido me tomó de la mano y me llevó a la cama, haciendo que me colocara en cuatro y clavándome violentamente su estaca en mi conchita. ¡Mmmhhh! ¡Qué bombeo más delicioso! Mi esposo me daba de nalgadas mientras me perforaba la concha como si en ello le fuera la vida.

- ¿Estás... disfrutando esto... mi putita? – me decía con jadeos entrecortados. - ¡Aaaahhh! ¡Aaaaaayyy! ¡Claro... que... síiii, mi rey! - ¿Te gustó que te... cogieramos los... dos a la vez, mi putita? – Preguntó mientras me daba fuertes nalgadas en ambos cachetes... - ¡Aaaaay! ¡Aaaaaayyyy! – Yo gritaba de excitación, más que de dolor! - ¡Sí... ¡Sssssiiiii! ¡Cójanme! ¡Cójanme los dos!

Y como si me hubiera escuchado, mi suegro se colocó frente a mí ofreciendo por tercera vez su tremenda tranca a mi boca. Me sentí como una puta mientras mi marido me cogía y me azotaba mientras mi hambrienta boquita saboreaba la verga de mi suegro. El placer y la calentura eran indescriptibles, insoportables; tanto que no pude evitar venirme. La verga de mi suegro ahogaba mis gritos de deleite, y unos segundos después sentí una descarga de leche casi simultánea en mi concha y en mi boca. Quedé tan rota y agotada que en cuanto me sacaron sus vergas me tendí en la cama. Tenía mis tres huequitos rezumantes de leche, y sin darme tregua, mi marido se colocó junto a mí para que le limpiara la verga con la boca mientras él me apretaba las tetas y me acariciaba la panocha con sus maravillosos dedos.

Por increíble que parezca y después de las tremendas venidas, ni mi marido ni mi suegro habían pedido su erección. Yo me sentía cansada, pero las caricias de mi marido y la visión de esos fabulosos machos que tanto me habían hecho gozar me volvieron a calentar. Mi marido me dijo que me montara sobre la verga de mi suegro, y yo supe inmediatamente lo que iba a pasar: me iban a dar la cogida de mi vida por la panocha y el culo al mismo tiempo. El espasmo de lujuria que eso me produjo me hizo desperezarme rápidamente, y en unos momentos ya estaba lista para descender a horcajadas sobre el enorme garrote de mi suegro. Bajé lentamente para disfrutar cada centímetro, cada instante de la penetración. Mi vagina se abría deliciosamente y yo me sentía llena, tanto por esa verga como por la cantidad de leche que tenía adentro y que goteaba incesantemente de mis bien abiertos agujeritos.

Por fin tuve bien metida la tranca de mi suegro. Entonces, él me atrajo hacia así para que mi culo destacara más y facilitara la entrada de la tranca de mi marido. Pronto sentí su cuerpo y la exquisita sensación de su garrote presionando contra mi vencido esfínter. Comenzó a penetrarme muy poco a poco, pues como mi concha estaba tan llena con la verga de mi suegro dejaba poco espacio. La verdad es que al principio me dolió, pero la idea de que estaba haciendo realidad una de mis más locas fantasías en la vida me ayudó a soportar el malestar y a relajar un poco más el culito para que mi marido pudiera encularme con su deliciosa tranca. Por fin nos acomodamos bien, y cuando hubo entrado la cabeza comencé a sentir que me moría de placer. Milímetro a milímetro se iba abriendo mi culito y yo me sentí tan abierta y penetrada como nunca antes. ¡Mmmhhh, Creo que es imposible sentir mayor placer; era el éxtasis, las dos vergas dentro de mí se sentían enormes, y cuando por fin comenzaron a moverse comencé a gritar y gritar de puro deleite.

Creo que mis gritos se escucharon en todo el motel, pero es que me sentía tan poseída, tan cachonda y tan caliente como nunca antes. Mis grandes tetas quedaban al alcance de los labios de mi suegro y empezó a mamar con frenesí mis pezones, mientras mi marido, bien aferrado a mi cintura me mordía el cuello, la espalda, pellizcaba mis caderas, y cuando me volvía hacia él me besaba metiendo su lengua hasta el fondo de mi boca. Ahí supe por fin lo que era el placer supremo, era tanto que dolía, no se podía soportar. Me vine entre gritos, no sé cuantas veces; y cuando al fin volvieron a llenar mi vagina y mi culo con sus tremendas descargas me tendí de inmediato sobre la cama y ya no supe más. Estaba agotada, ahíta, y ni siquiera supe en qué momento me dormí.

Me desperté mucho rato después. Lo primero que percibí es que mi concha y sobre todo mi culito me ardían. Y no era para menos, jamás me habían enculado tantas veces seguidas como hacía un rato. Mi suegro estaba tendido a mi lado, aunque a cierta distancia de mí, y escuche que tiraban de la cadena del baño. Unos instantes después mi marido estaba junto a mí. Se acostó a mi lado y comenzó a devorar mi boca, mi cuello y mis senos y mi pancita con sus besos. Al repegarse junto a mí me di cuenta de que estaba nuevamente bien erecto y con ganas de continuar la fiesta. Y la verdad es que a pesar de no sentirme muy bien, no me faltaban ganas, y el juego previo había hecho que mi conchita se pusiera de nuevo bien mojada.

Así que me monté encima de mi gordito y me la clavé poquito a poco, disfrutándola, y cuando la tuve bien clavada comencé a moverme y a gemir de placer. Nuestros gritos y movimientos despertaron a mi suegro, que lucía una tremenda erección. El se incorporó en la cama con evidentes deseos de unirse a la fiesta. A pesar de sentirme tan excitada, temía que quisiera meter su tremenda verga en mi adolorido culito, así que en cuanto lo tuve a mi alcance tomé su verga y rápidamente la dirigí hacia mi boca para empezar a mamar. Mi marido también se dio cuenta, así que me hizo salir y se colocó detrás de mí con evidentes intenciones de penetrar por mi panocha. Yo me acomodé rápidamente a cuatro patas para que me penetrara, y al parecer mi suegro se resignó a solamente recibir las caricias de mis labios y mi lengua.

Detrás de mí, mi marido me penetraba deliciosamente, arrancando gemidos de placer de mi garganta en cada embestida. Mi suegro también se movía un poco, cogiendo mi boca como si lo hiciera con mi vagina. Yo sentía como que los dos garrotes se iban a juntar en mi estómago, y mientras mi marido me cogía con todas sus fuerzas comencé a mamar con fuerza, casi desesperada. Sabía que pronto iba a tener la leche de mi suegro en mi boca, y eso hizo que se me ocurriera la idea de que ambos me bañaran con su rica lechita.

Sacándome la verga que tenía en la boca se los propuse y me arrodillé en la alfombra mientras ellos se colocaban a mi lado y bombeaban con fuerza para darme lo que les había pedido. Primero se vino mi suegro, y sus abundantes jugos bañaron mi boca, mi cuello y mis tetas mientras yo sacaba mi lengua para probar su sabor. Unos instantes después mi marido comenzó a lanzarme un diluvio de leche mientras yo lo recibía temblando de deleite. La sentí caer en mi cara, en mi lengua, en mi pecho y en mis tetas, mezclándose las dos venidas mientras con mis manos las frotaba por mi cuerpo y con mi boca paladeaba el sabor combinado de la leche de ambos.

Y bueno, sólo me resta decirles que jamás volvimos a hacer una cosa así. Después de unos días mi marido hizo su trío con la novia de su padre, y a petición mía me contó todo lo que ocurrió. Desde entonces lo hemos platicado mucho y muchas veces. Y cuando hacemos el amor lo recordamos con frecuencia y entonces la sesión de sexo se vuelve todavía más salvaje y desenfrenada. Debo confesar que aunque lo gocé tanto, a veces me siento tan culpable que no he tenido ganas de repetir una experiencia semejante. Al poco tiempo de lo que les acabo de contar nos mudamos y recién volví a ver a mi suegro el fin de año. Ni siquiera nos habíamos comunicado, y ambos nos dimos cuenta de que las experiencias que habíamos tenido ya no podrían repetirse. Y creo que, en el fondo, todos nos sentimos aliviados por ello.

 


 

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