Una jovencita, y el resto de su familia, sufren el acoso de un esp?ritu muy cachondo.
Lo primero que he de decirles es que cuando esto que voya contarles nos ocurrió, hace ya bastantes años, los fenómenos paranormales eran casi desconocidos y, las cosas inexplicables que sucedían a veces eran solo "cuentos de fantasmas", validos tan solo para asustar a los niños pequeños.
Hoy en día parece que la gente cree mas en estas cosas, pero estoy segura de que mi relato seguirá pareciendo tan fantástico en nuestros días como cuando sucedió. Pero aun así creo que ya va siendo hora de que cuente lo que nos ocurrió, a mi y a mi familia, en la casa encantada de mis abuelos.
Yo tenia por aquella época unos dieciocho años y era una chica muy delgada, todo huesos, con una cara bastante vulgar. Por eso nunca había conseguido salir con ningún chico de forma estable, por mas facilidades que les diera y por mas cosas que me dejara hacer o estuviera dispuesta a hacerles.
He de aclarar que por esas fechas ya no era virgen. Había entregado la apreciada flor de mi pubertad a un vecino mío, algo mayor que yo, con la esperanza de que fuera mi primer novio de verdad.
El truhán siempre que salíamos me llevaba a sitios oscuros y apartados, donde poder meterme mano sin testigos, y donde yo podía masturbarlo cómodamente con las dos manos, como a él le gustaba.
Se pasaba las tardes chupando y mordisqueando mis largos pezones. Pues, debido a que tenia muy poco pecho, estos destacaban bastante mas de lo normal. La verdad es que en aquella época eran la única parte de mi cuerpo que lograba despertar interés en los chicos. Cuando consiguió vencer mi asco inicial, no había velada que no acabáramos en algún oscuro rincón del vecindario, obligándome a mamar su duro bastón hasta que manchaba mis manos, y a veces mi cara, con su espesa virilidad.
Al final aprovecho una tarde que no había nadie en su casa para poseerme, venciendo mi escasa y débil resistencia con unas hábiles y enervantes caricias por todo mi cuerpo. Esa primera vez fue de lo mas doloroso y, si no llego a experimentar un poco de placer al final, creo que no le habría dejado que me volviera a poseer en ocasiones sucesivas. Pero no me sirvió de nada el sacrificio. Pues en cuanto hubo satisfecho sus sucios deseos, reiteradas veces, ya fuera en su casa o en la mía, con mi consentimiento o sin el, se olvido de mi, y rapidamente se busco otra incauta chica a la que desvirgar.
Aquel año fui junto con mis padres y mi hermanita Rosa a veranear a la vieja casona de mis abuelos, perdida en un pequeño valle, lejos del pueblo mas cercano. Como estos hacia ya tiempo que vivían en un asilo de ancianos de la ciudad, mis padres querían reparar la casa, para alquilarla a los turistas.
Como debido a mi escaso atractivo físico y a mi arido carácter casi no tenia amigos, no me importo demasiado pasar las largas vacaciones en el campo acompañada de mi familia. La verdad es que la casa estaba bastante mas apartada del pueblo de lo que esperaba; y, aunque no les quise decir nada a mis padres, no veía probable que algún turista quisiera recorrer varios kilómetros por un descuidado sendero de tierra en mal estado, para llegar hasta el viejo caserón. Este, por suerte, estaba en mejores condiciones que el camino y, con bastante trabajo, podía quedar en un estado bastante aceptable.
Dado que había habitaciones de sobra me quede con una para mi sola, aunque Rosa me insinuó que no le hubiera importado compartir la suya conmigo. A mi me hacia mucha gracia que con sus trece años aun tuviera esos detalles, propios de una niña mucho mas pequeña. Sobre todo si teníamos en cuenta el cuerpo serrano que Dios le había dado.
Pues la afortunada mocosa no solo era muy guapa, sino que a su edad ya tenia la delantera bastante mas grande y firme que la de mi madre, y que la mia por supuesto. Con el esbelto tipo que poseía, a poco que se cuidara, llegaría a ser una gran belleza.
Pero, por mucho cuerpo que tuviera, seguía teniendo cosas de cria pequeña, como el no poder dormir nunca sin la compañía de su osito de peluche, que la hacían parecer mucho mas cría de lo que era en realidad; y que le restaban un poquito de fuerza a los celos, y la envidia, que yo sentía de ella.
Pues, aunque yo la quería con locura, no me hacia gracia ver como la gente, y en particular los hombres, solo parecían tener ojos para ella, cuando estabamos juntas las dos. Me daba mucha rabia ver como hasta mis mejores amigos parecían olvidarse de mi en cuanto mi bella hermanita rondaba a nuestro alrededor, clavando sus hambrientas miradas en su apetitoso y pletorico cuerpo de ninfa.
A los pocos días de estar en la vieja casona Rosa y yo nos dimos cuenta de lo bien que le estaba sentando a nuestra madre vivir en el campo; pues, aunque aun no había cumplido los cuarenta, ahora parecía que tuviera tan solo treinta, o incluso menos. Se la veía ir todo el día de aquí para allá, la mar de contenta, mejorando a ojos vista. Cuando le pregunte por su secreto me contesto, entre risas y rubores, que el amor y, sobre todo el sexo, hacen maravillas en una mujer. La verdad es que mi padre se tenia que estar portando magníficamente, pues la mejoría era mas que notable, ya que todo su cuerpo parecía estar cogiendo el volumen y firmeza que había perdido con la edad.
Fue por esos días cuando una mañana, al despertarme, me di cuenta de que había estando haciendo cosas muy feas durante la madrugada. Tenia las bragas hechas un ovillo al pie de la cama, y el camisón arrugado, y bastante húmedo a la altura de mi intimidad, como si lo hubiera mojado con mis fluidos, al acariciarme con él. No tenia ningún motivo para pensar que había sido otra persona la que me había manoseado, pues no solo tengo la costumbre de cerrar mi cuarto siempre con llave desde el interior; sino que, además, todas las ventanas de la casa tenían rejas. Como el calido escozor que sentía en mis partes mas nobles no dejaba lugar a dudas, deduje que el calor de la noche me había hecho tener algún sueño erótico, y que debido a el me había masturbado; cosa bastante rara en mi, pero que no era la primera vez que hacia, por supuesto.
Durante tres o cuatro días me desperté de la misma forma, sin bragas, y con el camisón mojado por mis travesuras nocturnas. El escozor me duraba un par de horas, mas o menos, y después estaba todo el día con una alegría, y unas ganas de hacer cosas, que me hacían recordar siempre lo que me dijo mi madre aquel día. Ella no solo parecía ya una jovencita, en el físico y en el carácter, sino que llegue a pensar que podía estar embarazada, pues los pechos se le veían mucho mas grandes y firmes; pero no podía ser, pues mi padre estaba operado desde que nació mi hermana, para que no tuviéramos ya mas hermanitos.
Y entonces llego la noche decisiva, la noche en la que me desperté, siendo aun de madrugada, en mitad de un violento orgasmo. No me había recuperado todavía del mismo cuando me di cuenta de que no era yo quien me estaba masturbando, sino que alguien me estaba poseyendo suavemente con un miembro enorme, que me llenaba por completo, y que me obligaba a tener las piernas abiertas de par en par. Lo terrible fue cuando vi, gracias al resplandor de la luna que entraba por mi ventana, que no había nadie montado sobre mi. Pues veía perfectamente todo el cuarto y en él no había ninguna otra persona que no fuera yo.
Quise gritar, y no pude, pues no me salía la voz; pero oía, claramente, mis jadeos entrecortados, ya que algo enorme seguía penetrando, sin descanso, dentro de mi.
Después intente moverme, para escapar de lo que fuera que me estaba violando, pero tampoco pude, parecía que mi cuerpo estuviera pegado a la cama.
Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad pude ver, a través del gran espejo que había en la pared de enfrente, sobre la cómoda, como mi propio camisón de raso era el que abusaba de mi, introduciéndose dentro de mi intimidad. Pues solo se veía un grueso cilindro de oscuridad, justo en el centro de mi dilatada intimidad, y el suave balanceo del resto de mi cuerpo, siguiendo el suave ritmo de las firmes acometidas del gigantesco miembro invisible. Poco a poco se me fue quitando el miedo; gracias, sobre todo, al enorme placer que sentía cada vez que penetraba dentro de mi. Por eso no me averguenza reconocer que me hizo gozar varias veces, con fuertes y violentos orgasmos, antes de que todo terminara.
Después del ultimo orgasmo me quede tan cansada que no me quedaron ganas ni de gritar, ni siquiera cuando sentí como un aire helado que se paseaba por toda la habitación. Así que me gire como pude, y me quede dormida casi al momento. A la mañana siguiente no sabia si lo que me había pasado era el producto de algún sueño erótico mientras me masturbaba, o era realidad. Decidí, por lo tanto, no decir nada todavía a mis padres, hasta no estar segura de lo que estaba pasando, no me fueran a tomar por loca o mentirosa.
Esa mañana habia mercado en el pueblo, por lo que acompañe a mi madre mientras mi hermanita se quedaba para ayudar a mi padre. Aunque su aspecto era radiante, me sorprendio ver el interes que mi madre despertaba en los hombres, los cuales la devoraban con la mirada. Ella, orgullosa y coqueta, se paraba en todos los puestos, bromeando y sonriendo ante sus continuos requiebros. Como andaba un poco rezagada, podia escuchar los soeces y hasta groseros comentarios que provocaba a su paso.
En uno de los tenderetes encontro una fina camisetita que parecio encantarle. Como no habia donde cambiarse accedio a la proposicion del amable vendedor de entrar en la parte trasera de su destartalada furgoneta a probarsela. Este, ademas de acompañarla, se quedo junto al cristal lateral, al igual que un puñado de chicos de mi edad, para no perderse ni un solo detalle del strip-tease. A mi madre no parecio importarle el publico, pues salio con ella puesta, a pesar de que se le marcaban horrores los pezones.
Esa noche cerré todo a cal y canto y me quede sentada sobre la cama, temblando de miedo, a la espera de lo que pudiera pasar. Como el camisón de raso se estaba ya lavando llevaba puesto otro, algo viejo, de un tejido muy duro y rasposo, cuyo tacto me provocaba estremecimientos solo de pensar en lo que sentiría si se volvía a repetir lo de la noche anterior. Debí quedarme algo traspuesta, pues no me desperté del todo hasta que sentí ese curioso aire frío que se acercaba a mi cama. Me tape a toda prisa con la sabana, pero no me sirvió de nada. Note como si un montón de manos, muy hábiles, acariciaran mi cuerpo por encima de la sabana, jugando hasta con mi ombligo, y pellizcando suavemente mis sensibles pezones. Creí oír como una voz que, susurrando, me preguntaba si quería volver a disfrutar; y yo, con una voz muy débil, dije que no.
Las insidiosas caricias se hicieron entonces mas intensas y enervantes, dedicando una especial atención a mis agradecidos pezones, ya completamente endurecidos, y a mi entrepierna, cada vez mas húmeda. Sin darme cuenta fui separando poco a poco los brazos y los muslos, para sentirlas con mayor intensidad.
Y cuando la voz me volvió a preguntar si quería mas placer le respondí, con la voz ronca, que si. Fui yo misma la que me despoje rápidamente de las bragas, y la que me abrí completamente de piernas, para que el camisón me penetrara de nuevo hasta lo mas hondo, enardeciendo todo mi cuerpo con su áspero roce.
Esta vez tuve que taparme la boca con una mano, para que mis gritos de gozo no se oyeran por toda la casa. En varias ocasiones sentí como si unas fuertes manos acariciaran mis temblorosos senos por encima del camisón, y rugí de placer, mordiendo la almohada, cuando me retorcieron los dos pezones a la vez en mitad de un orgasmo bestial. Fue la noche mas salvaje que había vivido nunca.
Esa misma mañana me prometí que la repetiría todas las veces que pudiera. Pase pues el día hecha un verdadero saco de nervios, deseando que llegara la noche de una maldita vez, para poder sentir a mi nuevo amante otra vez dentro de mi.
Esta vez había recortado un gran trozo de seda, de una pieza de tela que guardaba mi abuela en el desván, y lo esperaba totalmente desnuda, para que el fantasma, pues no se me ocurre otro nombre mas apropiado, no me manchara el camisón; ya que estaba segura de que mi madre empezaría a sospechar cosas raras si me veía lavarlos tan de continuo. Este se introdujo dentro de mi habitación a altas horas de la madrugada, como de costumbre, y agradeció el detalle a su manera, acariciando todo mi cuerpo con la fina seda, hasta que le tuve que rogar, entre suspiros, que entrara dentro de mi. Ni que decir tiene que fue otra noche loca, en la que disfrute de lo lindo. Y no solo por el sexo en si, sino también viendo como se pegaba la pieza de tela a mi cuerpo, ayudada por una infinidad de viciosas manos invisibles que moldeaban el contorno de mi silueta, pusiera la postura que pusiera, mientras su gran presencia me perforaba a fondo sin descanso.
Cuando me quede dormida, de puro agotamiento, todavía tenia el enorme miembro fantasma dentro de mi, penetrándome a conciencia una y otra vez, cada vez mas violentamente, mientras sus ayudantes se ensañaban con mis doloridos pitones, estrujándolos sin piedad, hasta hacerme sentir placer de tanto dolor.
Así transcurrieron un par de semanas, en las que descubrí, con muchisimo gusto, todo lo bueno que tiene el sexo. Y la mejor prueba de lo que digo era ver lo bien que le sentaba a mi madre. Esta, orgullosa del increible cambio que habia experimentado su cuerpo, se dedicaba a lucirlo donde fuera. Digo esto por como se vestia para ir al pueblo o a por leche a casa de unos vecinos. Solia contarnos que se habia encontrado a los hijos de estos en el rio, o en pueblo. Esto no era raro, pero si me extrañaba que los nombrara y tratara como unos mocosos cuando los dos eran mayores que yo.
Hasta que una mañana que tardaba demasiado en salir, entre en la vaqueria y les sorprendi mientras enseñaban a mi madre a ordeñar. Interrumpieron la clase nada mas oirme llegar, pero el rubor que tenian los tres, asi como la camisa casi desabrochada de mi madre me hicieron sospechar cosas raras.
Una noche, después de un buen rato de placer, oí como la voz susurrante me decía que me pusiera enfrente del espejo. Cuando lo hice creí que soñaba otra vez. La que estaba reflejada era yo, pero mucho mas bella. La cara, siendo la misma, parecía mucho mas bonita, sobre todo la boca, que hasta yo la veía apetecible. Los pechos eran mucho mas grandes y perfectos, con una amplia aureola que enmarcaba mis preciosos pezones. El culo era mas firme y respingón, y hasta los muslos habían mejorado, haciéndose mas esbeltos y firmes. La imagen que estaba viendo reflejada era una versión perfecta de mi cuerpo, pero falsa.
Cuando acabo el espejismo, la voz me dijo que podía hacer que yo fuera así en realidad; y yo, llorando, me puse de rodillas y le suplique que lo hiciera. La voz, riéndose de una forma muy curiosa, me dijo que no me podía dar algo por nada; y que yo debía darle, a cambio, lo mismo que recibía. Le dije que no entendía nada y la voz me prometio que me lo explicaría al día siguiente. Yo ya no pude pegar ojo pensando en el cuerpo que podría llegar a tener, y el día se me hizo mucho mas largo esperando que volviera a visitarme.
La noche siguiente la voz me hizo salir al pasillo y, con mucho sigilo, ir hasta el cuarto de mis padres. Allí pude ver, a través de la puerta entreabierta de su habitación, como mi madre, completamente desnuda, estaba montando, fogosamente, sobre mi padre; el cual me dio la impresión de que estaba completamente dormido, pues hasta se le escapaban unos pequeños ronquidos de vez en cuando. En su espléndido físico aprecie que realmente estaba mucho mas joven de lo que yo la recordaba, sobre todo sus lindos pechos que parecían ahora los de una chica de mi edad. Empece a sospechar que el fantasma tenia bastante que ver en el cambio que se había producido; sobre todo cuando oí a mi madre susurrar ... el culo ... ahora quiero el culo que tenia antes. La voz que yo conocía tan bien le dijo que de acuerdo, que al día siguiente fuera al lugar de costumbre. Acto seguido, y sin que mi madre dejara en ningún momento de cabalgar sobre mi padre, vi como se formaba a sus espaldas un gigantesco miembro, hecho con las finas sabanas de franela, apuntando hacia su diminuto agujerito. Yo pense que el fantasma la destrozaría por dentro, antes de que pudiera entrar todo eso por su orificio mas estrecho; pero ella, echándose todo lo posible hacia delante, recibió dócilmente, entre ahogados grititos de dolor, el inmenso regalo que la voz le hacia por la entrada posterior. Cuando vi que sus gemidos eran ya de placer, y no de dolor, y que se movía como una ansiosa serpiente, para poder recibir aun mejor los envites de ambos instrumentos a la vez, me marche de allí, silenciosamente. Deseando, eso si, que acabara lo antes posible, para así poder tener yo también mi parte. Pues me había excitado muchisimo viendo como mi madre se entregaba al sexo con tanta pasión; y, mientras la veía gozar, me acariciaba yo también el cuerpo, pensando en lo que me esperaba a mi después.
Un rato mas tarde, mientras la voz me mataba de placer, a base de frenéticas penetraciones, me dijo que si mi madre quería volver a tener el tipito que tuvo cuando era joven tenia que ofrecer esas partes del cuerpo en sacrificio a los espíritus mágicos del bosque, y que él solo era un simple intermediario, que cobraba su parte del trato como mas le apetecía. Con sexo, como ya sabia, como había presenciado antes, y como me aseguro que hacían también los espíritus, aunque ellos solían usar su magia para obtener el máximo placer.
Al día siguiente, mientras mi hermana pequeña ayudaba a mi padre en unas reparaciones, seguí a mi madre, asesorada por la voz, hasta un apartado rincón del bosque. Allí pude ver como se desnudaba por completo, dejando toda la ropa a un lado, mientras aguardaba impaciente nuevas ordenes.
Me asuste mucho cuando vi aparecer una pequeña manada de lobos de entre unos espesos matorrales. Si no grite fue porque vi que mi madre se lo tomaba con mucha tranquilidad, como si los estuviera esperando. La voz me susurro al oído que los espíritus del bosque no suelen adoptar formas normales; y que no me dejara llevar a engaño, que lo que tenia ante mi no eran lobos normales, que esto era solo una apariencia. Pronto me di cuenta de que tenia razón, pues no se comportaban como animales, ya que la media docena de lobos se pusieron a dar vueltas alrededor suya, tranquilamente, como esperando que ella hiciera algo.
Mi madre, cuando por fin se relajo, se puso a cuatro patas sobre la hierba y, agachando la cabeza, se abrió completamente de piernas, mientras decía lo mismo de la otra noche ... el culo ... quiero el culo. Los lobos se fueron acercando poco a poco hasta ella, repartiéndose a su alrededor; y, como si lo hubieran ensayado, se pusieron a lamer todos al mismo tiempo. Así, mientras unos le lamían los pechos, otros se dedicaban a su intimidad, y dos de ellos se turnaban en degustar su entrada mas estrecha, con un ansia que hasta a mi me estaba excitando.
Cuando sus gemidos de placer se hicieron mas intensos uno de ellos se preparo para penetrarla por detrás. Fue cuando me di cuenta de que en verdad no eran normales, pues el miembro que lucia ese lobo era descomunal hasta para una persona, y mas todavía para un animal. El caso es que, como la noche anterior, mi madre volvió a demostrar que era capaz de admitir cosas increíbles en su interior. No solo albergo el enorme aparato con relativa facilidad en su acogedor interior, sino que gozo horrores, gritando a voces su placer cuantas veces quiso; pues todos los falsos lobos se turnaron, silenciosa y ordenadamente, para entrarle por la parte de atrás, ignorando su asequible intimidad como si esta no existiera.
Esa noche le dije a la voz que estaba convencida y dispuesta a sacrificar mi cuerpo para lograr ser como la imagen que vi en el espejo, pero la voz me dijo que no era tan fácil. En el caso de mi madre si, pues era su cuerpo el que sacrificaba para volver a ser como era antes; pero en mi caso era diferente, pues yo tenia que sacrificar un cuerpo que fuera como el que quería, para poderlo obtener.
Como estaba hecha un lío me lo aclaro mas todavía, tenia que sacrificar a mi hermanita para que mi cuerpo fuera tan perfecto como el suyo. Yo, al principio, me negué; pero la voz me dijo que no fuera tonta, que si no lo hacia yo lo haría mi madre, pues los espíritus del bosque se habían encaprichado de mi hermana, y si no la habían poseído ya era porque primero tenia que ser doncella, y aun le faltaban dos o tres semanas para convertirse en mujer.
La voz se dio cuenta de que no estaba convencida del todo, así que me hizo ir al cuarto de Rosa, para que viera que era verdad todo lo que decía. Cuando abrí la puerta la vi durmiendo, abrazada a su osito de trapo como de costumbre; pero, cuando me acerque mas a ella, me di cuenta de que su peluche estaba tirado a los pies de la cama, junto con su arrugado camisón, y que lo que abrazaba era otra cosa, muy diferente.
No se como podría describírselo, lo mas aproximado que se me ocurre es decirles que era una especie de ovillo de carne, hecho a base de docenas de enormes lenguas y labios. Mi hermanita gemía dulcemente, apretándolo con cariño, mientras las bocas se desplazaban bajo sus brazos, poco a poco, para besarla por todas partes, saboreando su cara y su cuerpo con total impunidad. Las enormes lenguas que no lamían su lindo rostro se enroscaban por todo su cuerpo. Dedicando, al igual que las bocas, una especial atención a sus preciosos pechos, y a sus puntiagudos pezones, anormalmente gruesos y grandes para su edad. Luego vi como varias de las lenguas mas largas se introducían bajo sus castas braguitas infantiles, penetrando por ambos laterales a la vez, para lamer lo mas intimo de su persona, aprovechando la indecorosa separación de sus piernecitas para alcanzar sus objetivos con mayor facilidad, degustando su culito y su almeja a un mismo tiempo. Así fue como ella, sin despertar en ningún momento, que yo sepa, alcanzo los primeros orgasmos de su vida.
Mas tarde, cuando regrese a mi habitación, aun bastante azorada, la voz me recordó que al cabo de pocas semanas mi hermana seria ya mujer, y los espíritus del bosque la harían suya de un modo u de otro, así que debía aprovecharme todo lo que pudiera, para mejorar mi cuerpo. No lo dude mas y me puse a las ordenes de la voz, para que me dijera lo que tenia que hacer. Al día siguiente, me dijo, empezaríamos por la boca.
Ese día mi padre trajo una vaca, que le habían prestado durante unos días sus jovenes amigos, y mi hermana se puso la mar de contenta, pues nunca había visto una. La voz me asesoro sobre lo que tenia que hacer. Y, aprovechando que nuestros padres nos dejaron solas toda la tarde, lleve a mi hermana al establo, para enseñarle como debía ordeñarla.
Vino la mar de contenta, y no sospecho lo mas mínimo, aunque yo me di cuenta enseguida de que las ubres de ese gran animal no eran como deberían ser, pues los extremos parecían diminutos glandes descapullados. Después de lavar con abundante agua esas raras ubres convencí a mi hermanita de que las ordeñara, y estuvo encantada de hacerlo, disfrutando al ver salir tanta leche.
Cuando la voz así me lo indico convencí a mi cándida hermanita de que chupara de una de las tetillas al mismo tiempo que la ordeñaba, para probar la leche autentica. Al principio creí que no la convencería, pero después de pensarlo un poco se puso a chupar ansiosamente, al tiempo que pegaba pequeños tirones de la ubre. Desde donde yo estaba se veía claramente que le estaba haciendo una buena mamada a algún espíritu del bosque.
Pero Rosa no solo no lo sabia, sino que estaba disfrutando de lo lindo; pues, entre risitas, me decía que la leche estaba riquisima. Cuando se harto de beber de las diferentes tetillas tenia toda la cara y la camiseta llenas de una sustancia espesa, que yo estaba segura de que no era leche, al menos no de vaca.
Para que el sacrificio fuera completo, esa noche entregue mi boca a la voz. Me hizo tapar la cara con el retal de seda y pase un montón de horas sintiendo como penetraba el enorme miembro de tela en mi boca, una y otra vez, al tiempo que sentía como pequeños mordiscos, pellizcos y chupetones por todo el rostro. Fue una sensación rarisima que me dejo con toda la cara adormecida. A la mañana siguiente ya empece a notar una cierta mejoría en ella, aunque no tanta como deseaba y quería. Pero la voz me pidió que tuviera paciencia, ya que en poco tiempo seria como la bella imagen que vi de mi rostro en el espejo, aquel día.
Para poder sacrificar los pechos tuve que esperar varios días, a que los espíritus del bosque volvieran a reunirse de nuevo. Los aproveche espiando las múltiples travesuras que hacia la enigmática voz durante el día. Aparte de mi madre, yo era la única que sabia que cuando corría un aire fresco por la casa era que el espíritu estaba presente, haciendo alguna de las suyas; y, disimulando todo lo que podía, prestaba mas atención que nunca a lo que pasaba a mi alrededor. Así fue como pude darme cuenta de que lo que mas le gustaba al fantasma era provocar sexualmente a mis padres siempre que tenia la mas mínima oportunidad.
Mi madre, por orden expresa de la voz, iba casi siempre sin ropa interior, y la voz sabia sacar provecho de ello. En cuanto estabamos todos reunidos para la comida o la cena, el espíritu se dedicaba a acariciar sus pechos y su intimidad, hábilmente; hasta que ella, la mayoría de las veces, terminaba por correrse en su asiento, en silencio.
Solo yo sabia, al ver sus duros pezones marcados sobre la ropa, que el fantasma se los estaba pellizcando, torturándolos hábilmente todo el tiempo que le venia en gana.
Y, alguna que otra vez, fui testigo silenciosa de como la poseía en los sitios mas insólitos, usando para ello un enorme pañuelo que mi madre llevaba siempre encima.
Aunque nunca he hablado con ella sobre esto, se que disfrutaba tanto como yo con estas salvajes penetraciones, pues solo había que ver las caras de placer que ponía cuando la poseía, en la cocina o en algún dormitorio vacío, mientras ella ronroneaba, como una gata en celo, de puro gozo.
Aun puedo verla, con las faldas levantadas, abierta de piernas, con el paño incrustado en su intimidad, apoyandose de cualquier forma sobre algun mueble, mordiendose los labios para que no se oyeran sus gemidos, mientras sus caderas se meneaban freneticamente al ritmo de las acometidas fantasmales.
Para divertirse a costa de mi padre, usaba a mi hermanita, por la que este sentía una especial predilección. Yo sabia que ella era la niña de sus ojos, pero no supe del interés sexual que tenia para él hasta que un día vi, desde la puerta, como se le formaba un grueso bulto en los pantalones, bastante delatador, mientras le miraba las braguitas, aprovechándose de que las estaba luciendo, inocentemente, mientras quitaba el polvo de un mueble, subida en lo alto de una silla. El, mientras la sostenía para que no se cayera, metía la cabeza bajo su reducida minifalda, para no perderse ni el mas minimo detalle.
La voz si debía saberlo, pues siempre estaba haciendo que Rosa se luciera delante de mi padre, usando sus poderes. Cada vez que creían estar solos, la voz soltaba algún que otro botón de su blusa, o le descolocaba el vestido, para que este pudiera ver sin ningún esfuerzo los preciosos pechos de mi hermana; pues, por entonces, no usaba todavía sujetador, ni maldita la falta que le hacia.
No había día que no soplara por toda la casa un travieso airecillo que permitía ver las castas braguitas de mi inocente hermanita en el momento mas inoportuno, sobre todo cuando estaba subida en algún sitio, o agachada de tal forma que no podía taparse adecuadamente para que los demás no se las viéramos. Pero de todas formas, ella no se preocupaba en ocultarlas, pues apenas le daba importancia a su posible desnudez.
La verdad es que mi padre no era precisamente lo que se dice un santo, y solía llevarse a Rosa para que le ayudara en las reparaciones, ya que a ella le encantaban las manualidades. Así podía toquetearla, de forma mas o menos disimulada, sin que la ingenua de mi hermana se diera cuenta de lo que pasaba realmente.
Ahora que ya sabia de que pie cojeaba mi progenitor procuraba espiarles a escondidas, pues era una forma como otra cualquiera de matar el aburrimiento que me embargaba durante el dia. Así pude ser testigo de como lo hacia. Generalmente fingía caerse, o tener que apoyarse, mientras reparaba alguna cosa, para poder agarrarse a sus abultados senos, o a su culito respingón, sin que mi hermanita recelara lo mas mínimo.
Una de las jugadas mas audaces que presencie fue cuando la obligo a empujar con su cuerpo sobre un viejo somier, mientras él restregaba su rostro entre sus generosos pechos, intentando apretar sus oxidados tornillos. Mi hermanita era tan ingenua que incluso le preguntaba si le hacia daño con sus empujones mientras mi padre disfrutaba de la dureza de sus senos, sin que la fina tela del vestido fuera obstáculo para sus manejos.
No dejaba de asesorarla todo el tiempo para que no recelara al sentir sus labios incrustándose en la cima de sus senos. Realizo su labor con tal destreza que cuando finalizaron mi hermanita tenia el vestido totalmente empapado a la altura de los duros pezones, como muestra de lo mucho que la boca de mi padre había disfrutado de ellos durante la ardua reparación.
Aunque lo mejor de todo fue sin duda el dia que madrugaron para irse a pescar los dos solos. Salia del aseo cuando sono el despertador y oi a mi padre, ya vestido, entrar en el cuarto de mi hermanita.
La oscuridad del pasillo me permitio ver como a la luz del amanecer y con mucho cariño le quitaba el camison y le ponia las braguitas y su vestidito mas liviano de tirantes. Rosa, adormilada, apenas prestaba atencion a las afectuosas manos que recorrian su anatomia.
Luego, mientras mi hermana iba al baño pude ver como mi padre hurgaba en su bolsa de playa, retirando de esta la parte de arriba de su bikini. No se lo que paso aquel dia, pero cuando volvio a ultima hora de la tarde, y la acompañe a la ducha, pude apreciar que traia colorado no solo sus altivos globitos sino tambien su petreo culito.(Si quieres saber lo que sucedió lee el relato "DIA DE PESCA")
Mi padre no solía dormir nunca la siesta, a diferencia del resto, que teníamos que descansar adecuadamente para poder disfrutar mejor durante la noche. Así que por las tardes se acercaba hasta donde estuviera durmiendo Rosa, generalmente un sofá o una mecedora, y la contemplaba a placer, durante largo rato, aflojándole la poca ropa que solía ponerse para no perderse ningún detalle de su cuerpecito.
Yo le vi hacerlo un par de veces, pero no dije nada. Porque, a fin de cuentas, él solo le bajaba un poco las braguitas infantiles para ver su incipiente felpudito. Y yo pensaba aprovecharme mucho mas de su adorable cuerpecito.
El día que la voz me dijo que podía sacrificar los pechos de mi hermana, y la forma de hacerlo, la convencí de que se pusiera un ligero vestido de verano, de tirantas, y me acompañara al mismo lugar del bosque donde los lobos habían poseído a mi madre; con la excusa de enseñarle un nido de ardillas, con sus crías, que había encontrado. Rosa vino la mar de contenta, y no dudo lo mas mínimo en subirse a las ramas de un árbol enorme, que yo le indique, para ver las ardillas. Solo pudo echarles un rápido vistazo, pues enseguida la rama sobre la que se apoyaba cedió, y ella incrusto sus voluminosos pechitos en el agujero del árbol.
Por mas que la pobre grito no pudo soltarse de la trampa y yo, desde abajo, solo fingía buscar una forma de bajarla. La pobre, llorando, me dijo que las ardillas le habían roto el vestido, y que le estaban mordiendo las tetas. De todas formas no debían de hacerle demasiado daño, pues veía claramente su cara, expresando todo el placer que sentía. Estuvo un buen rato atrapada en el agujero, hasta que, sorprendentemente, se soltó, sin que ninguna de las dos hubiéramos tenido que hacer nada.
Cuando bajo del árbol, con los pechos al aire, vimos que no tenia ninguna marca de dientes, aunque estaban bastante enrojecidos; sobre todo los pezones, que seguían duros como piedras, para atestiguar que algo había pasado allí arriba. A duras penas conseguí que no le dijera nada a mis padres, con la excusa de que había sido todo culpa mía, y de que me castigarían por dejarla subirse a los arboles. Como realmente no tenia ninguna herida en los lindos pechos, al final accedió a callarse, por hacerme un favor; y yo se lo agradecí, invitándola a pasteles en el pueblo.
Esa noche fui yo la que sufrí, y goce, de las divinas torturas que la voz tuvo a bien hacerme en mis tiernos pechos, usando el viejo retal de tela. Lo mismo me hacia delirar de placer, mientras me acariciaba los senos con mil manos invisibles, que me tenia que morder la lengua para no gritar de dolor, cuando me retorcía y pellizcaba los sensibles pezones, sin la mas mínima consideración. Sus caricias no cesaron en toda la noche, ni siquiera cuando me penetro, durante varias horas, con su gigantesco miembro de seda. Por la mañana tenia a los pobres pezones tan irritados que el mas mínimo roce con el vestido me molestaba, por lo cual estuve casi todo el día con los pechitos al aire, para alegría de mi pícaro padre, que no se perdía detalle.
No me cabe la menor duda de que tuvo que ser la voz la culpable de que, ese mismo día, me quedara sin agua mientras me estaba duchando. Dado que mi madre había salido al pueblo de compras con mi hermana hacia poco rato, tuve que ser yo la que ayudara a mi padre a reparar la avería del lavamanos. Mi padre me aseguro, muy sonriente, que seria cosa de un momento, por lo que no me moleste en vestirme; y, ataviada con mi corto batin de baño, me senté como pude en la caja de herramientas, para sujetar mejor la cañería.
Como aun me sentía cansada por el fogoso encuentro de la noche anterior me quede un poco adormilada, con la cabeza apoyada en el lavamanos, escuchando los apagados ruiditos que hacia mi padre debajo mía, hurgando en la vieja tubería.
Tenia las piernas bastante separadas para no molestarle cada vez que tenia que coger una herramienta de la caja, por lo que me extraño bastante notar el intenso roce de su mano en mis sensibles labios menores, mientras sacaba una gran llave inglesa; cuyo áspero mango, al salir, aun me rozo mas a fondo mi intimidad, deslizándose por la rosada abertura. Como era muy consciente de que mi tutor me había salido bastante pícaro, me asome, poco a poco, para ver que estaba pasando hay abajo.
De lo primero que me di cuenta era de que me había aflojado el nudo del batin lo justo para que mis senos quedaran totalmente a la vista, mostrándole su nívea desnudez, y sus cada vez mas atractivos fresones. Pero yo aun se lo había puesto mejor, pues al haber separado ingenuamente mis piernas le colocaba mi desprotegida intimidad a tan solo un par de palmos de su sudorosa cabeza.
Como era la primera vez que mi padre mostraba algún tipo de deseo sexual por mi, en lugar de por mi hermana pequeña, decidí hacerme la adormilada, y ver hasta donde era capaz de llegar con mi consentimiento.
No tardo mucho en volver a guardar la fría llave inglesa en la caja, volviendo a incrustarla como por equivocación en mi cálida gruta, de forma aun mas insistente, al mismo tiempo que lo hacia. Al ver que yo no reaccionaba de ninguna manera, apoyo su mano temblorosa en mi espeso bosquecillo, mientras soltaba por fin la herramienta, deslizándola a continuación por el resto de mi asequible intimidad.
De ahí paso directamente a mi seno descubierto, donde tuve que hacer mil esfuerzos para que no se diera cuenta de lo mucho que me dolía el irritado pezón mientras lo estrujaba con su manaza.
Pero pronto lo soltó para volver a la húmeda cueva, donde estuvo metiendo los dedos, con mucho mas cuidado que de costumbre, durante casi media hora, magreandome a placer todo el orificio. Solo el regreso de mi madre interrumpió sus picaras, y por que no decirlo, gratas exploraciones.
Retrase el sacrificio del culo todo lo que pude, pues era tan virgen por ahí como mi hermanita, y temía el dolor que podían hacernos. Sobre todo cuando me acordaba de los enormes miembros que había recibido mi madre por ese sitio. Cuando la voz me aseguro que se me acababa el tiempo, hice de tripas corazón, y me fui con mi hermana a jugar al bosque.
Ese día habíamos bebido mucho las dos, pues hacia mas calor que de costumbre y, en un momento dado, Rosa se fue detrás de unas matas para hacer pipí. Yo ya sabia lo que sucedería, así que la acompañe; y vi, asombrada, como crecía un grueso tronco justo donde caía su orina, sin que ella se diera cuenta. Cuando acabo orinar, la oscura madera tenia la forma exacta de un miembro de hombre, bastante grande por cierto, y apuntaba justo adonde quería ir. Solo tuve que fingir que tropezaba para empujar suavemente a mi hermanita y la gravedad hizo el resto. Se clavo el miembro de madera hasta la raíz, entre desgarradores gritos de dolor. Yo, haciéndome la sorprendida, fingí ayudarla, tirando de sus brazos; pero, en realidad, me limite a ver como Rosa se empalaba sin querer, una y otra vez, en el afilado tronco, mientras intentaba zafarse de la trampa.
Mi hermanita termino por rechazar mi ayuda, al ver de que poco le valía, e intento liberarse por sus propios medios, apoyando firmemente brazos y pies, y balanceando suavemente sus finas caderas hacia delante y hacia atras, tratando de encontrar el final de la impertinente raíz. El sensual vaivén de Rosa fue haciéndose cada vez mas frenético, quizás por el ansia de liberarse, o quizás por el desconocido placer que empezaba a sentir, pues veía que llevaba algún un tiempo mordiéndose los labios para que no me diera cuenta de que sus encantadores gemidos eran mas de gozo que de dolor.
Desde luego, recordarla allí, con su precioso rostro sudoroso bañado de lagrimas, el vestido arremangado, rezumando fluidos por su virginal intimidad, mientras meneaba su lindo trasero con ardor, es la estampa mas sensual que había visto en toda mi vida. Cuando al fin consiguió escapar, debido al fuerte espasmo que provoco su violento orgasmo, quizás el primero de su vida, no me hecho en cara el empujón, pero si estaba la mar de sorprendida por no haber visto ese gran palo cuando se agachó para hacer pipí.
Esa noche me di ánimos, recordando los gemidos de placer que había ahogado mi hermana, para recibir mi ración. Pero la voz me volvió a sorprender, pues en vez de ocuparse solo de la entrada posterior, se ensaño con los dos agujeros a la vez, haciéndome sentir llena como nunca me he vuelto a sentir. Llegue a romper la funda de la almohada de los mordiscos que le di, impulsada por el dolor, y el placer, que sentí aquella noche.
Desde esa noche memorable, y hasta que nos marchamos, siempre que la voz me venia a visitar, y era casi todas las noches, me penetraba por los dos orificios, de uno en uno o a la vez, para recordarme que una mujer nunca tiene bastante con un solo hombre. Como he tenido ocasión de comprobar después.
Yo mejoraba a ojos vista, igual que le sucedía a mi viciosa madre, pero estoy segura de que ella no sabrá toda la verdad hasta que no lea este relato. Así que cuando la voz me aviso de que esa noche tendría lugar el sacrificio final, accedí muy a gusto; pues la única virgen de la casa era Rosa, y no lo consideraba justo.
Esa velada, poco después de la media noche, entro mi hermanita en mi dormitorio y, la mar de ilusionada, me confeso que ya era toda una mujer, aunque casi no había sangrado. Yo la convencí para que pasara la noche conmigo, y ella accedió encantada. Poco a poco fui llevando ladinamente la conversación hasta que acabamos hablando de chicos y, mientras yo le hablaba acerca del sexo, le iba haciendo pequeñas caricias, cada vez mas enervantes, sobre su camisón infantil, para ilustrarla sobre el tema. Cuando note que estaba bastante excitada pase a atacarla en serio; y, a la vez que estampaba dulces besos en su cara y en su cuello, le solté todos los lazos, para apoderarme por fin de sus lindos senos desnudos y conseguir ponerla a cien.
En cuanto estuvimos las dos desnudas empece a acariciar suavemente su intimidad, y a rozar mis pechos contra los suyos, hasta que se nos endurecieron los pezones a las dos. En el momento en que mas excitada estabamos me metí dentro de mi intimidad, sin que ella se diera cuenta, una especie de falo enorme, que la voz me había dicho que estaría bajo mi almohada. Aunque acogí en mi interior todo lo que pude, sobresalía mas de la mitad fuera de mi. Eso era caliente al tacto, y se movía como si fuera una especie de ser vivo.
Aproveche que Rosa estaba situada en ese momento encima mío y, antes de que se diera cuenta de lo que pasaba, conseguí penetrarla con un seco golpe de riñones. Mi hermanita, que estaba besándome en ese momento, intento gritar, pero yo apreté su cabeza contra la mía, para que no se oyeran sus aullidos. En agradecimiento me dio un mordisco en el labio que me hizo sangrar. También intento mover las caderas para apartarse, pero el instrumento parecía tener vida propia; y, en vez de separarse, lo que conseguía era metérselo mas adentro. Al final tuvo que claudicar, dejándose llevar por el placer, como hacia yo, mientras mezclábamos nuestros gemidos de gozo como buenas hermanas. Como el extraño aparato no paraba de moverse, aunque nosotras nos estuviéramos quietas, tuvimos varios orgasmos, muy seguidos. Rosa, por la falta de costumbre, se durmió, de puro agotamiento, estando todavía enganchada, y subida encima de mi.
La bella durmiente se apodero de uno de mis senos con sus manitas, y se puso a chupar el largo pezón como si fuera un bebe, mientras que se le escapaba, de vez en cuando, algún que otro gemido de placer.
Yo seguí jugueteando con sus bonitos pezones, pues era una autentica delicia ver como respondían a mis tiernas caricias, endureciéndose bajo mis dedos una y otra vez mientras amasaba sus túrgidos senos. Seguí disfrutando también del aparato, incluso cuando la voz vino a reclamar su parte. Tapándonos con el viejo retal de tela, nos penetro a las dos por detrás, simultáneamente, pasando de un orificio a otro. Yo, como ya estaba acostumbrada, lo recibí con mucho gusto. Pero mi hermanita, como era tan solo su segunda vez, se revelo contra la intromisión, meneando, inútilmente, su bonito trasero; y, como seguía dormida, me mordió el pezón mientras lo hacia, con tanta saña que me dejo una marca de recuerdo, que aun hoy conservo.
Por la mañana mi hermana se marcho del cuarto mientras yo todavía dormía, sin despedirse, con la cabeza hecha un autentico lío, y tardo algún tiempo en perdonarme el que la hubiera despojado de su virginidad.
Con el paso de los años lo hizo; pero, hasta que no lea este relato no sabrá los verdaderos motivos que me impulsaron, solo en parte, a desgraciarla de esa manera, privándola rudamente de su malograda virginidad.
Dentro de unos días iré, con mi marido y mi adorada hijita, a la vieja casona de mi abuela, pues ya pronto cumpliré los odiosos cuarenta, y a mi hija, que es una verdadera preciosidad, aun le faltan unos dos o tres años para llegar a ser una mujer. Creo, por tanto, que es el momento oportuno de recuperar la belleza que siempre me ha caracterizado, desde que pase aquel glorioso verano en compañía de un pícaro fantasma.