Ven?an de una convenci?n en un hotel de cuatro estrellas, a dos calles de los mism?simos Campos El?seos.
Decidieron desempolvar sus ideales hippys, y hacer todo el trayecto en la autocaravana. Abandonaron el hotel y, de paso, sus maneras burguesas, una mañana a primera hora, echándose a la carretera sin rumbo fijo. Recorrieron todo el norte de Francia y atravesaron Bélgica, para acabar deambulando por el barrio chino de Amsterdam. Vanesa miró a las chicas que exhibían sus hermosos cuerpos en los escaparates bajo las luces de neón, sintiéndose tan necesitada como cualquiera de ellas. Él adivinó una tristeza en sus ojos verdes, esos ojos delicados que años atrás le cautivaron. Quiso abrazarla. No se atrevió. Se limitó a cogerla de la mano, una mano gélida por culpa del frío. Y así caminaron por los alrededores de Central Station, como dos turistas, aferrándose a las brasas de lo que en su día fue una hoguera de pasiones.
«Esta noche será la última. Mañana volveremos a casa», le recordó él. Vanesa le miró sin saber si deseaba volver o no.
Se marcharon pronto para la caravana y, siguiendo la norma, se durmieron sin apenas rozarse.
Ahora ya no estaban en París, ni en Bruselas, ni en Amsterdam. Habían atravesado la frontera en Port Bou hacía bastantes horas, y se encontraban en la N5, habiendo dejado Madrid a sus espaldas.
Nacho sintió sueño, por lo que pararon para echar una cabezada en una vía de servicio, frente a los aparcamientos, en un lugar apartado y oscuro. Y en el asiento del conductor se quedó dormido, en una postura algo incómoda.
- Quiero daros las gracias. Llevaba ya hora y media esperando. Pensé que tendría que pasar la noche en aquella gasolinera.
- No hay de qué. Me alegro de que estés con nosotros. Cuando te vi con el pulgar levantado me recordaste mis buenos tiempos de Universidad. ¿Sabes?, una amiga y yo nos recorrimos prácticamente toda Europa a dedo.
- La primera impresión que saqué de vosotros al subir a la caravana fue la de unos aventureros, dos locos de la guerra como yo. Y, sin embargo, me dices que venís de una convención ¿médica? - «veterinaria», corrigió ella -... veterinaria, es igual. No lo hubiera dicho... Ahora no sé qué pensar. No sé si debo imaginaros en vuestro chalet mientras tú quitas el polvo a la alfombra y él corta el césped del jardín, o mantener la imagen de esta tarde, cuando nos fumábamos unos porros, como un acto de confraternidad entre colegas. De veras, estoy desorientado.
Vanesa no dijo nada. Aprovechó que la camarera estaba recogiendo los servicios de la mesa de al lado para pedirle otro café. Miró por la ventana, y dejó su vista clavada en la caravana. Nacho aún seguía durmiendo.
- Me gusta tu nombre - le dijo Vanesa.
- ¿Te gusta mi nombre? - repitió Omar, percatándose de ese giro brusco en la conversación. «Es normal - pensó - que no se preste a las preguntas peliagudas de un desconocido.»
- Sí. Es un nombre delicioso.
- Gracias.
Ella miró de nuevo por la ventana. La caravana seguía allí. Parecía la misma, a pesar del paso del tiempo.
Él se fijó en sus ojos; unos ojos radiantes que contrastaban con la oscuridad que reinaba en el exterior.
- ¿Le quieres? - preguntó él.
Ella le devolvió una mueca melancólica y vacía como premio a su indiscreción. Era la misma frase que su madre le preguntó. «¿Le quieres?» Pensaba que tal vez sí, pero no podría asegurarlo. Han pasado siete años desde aquella charla con su madre, en plena crisis matrimonial, un año después de la boda. Ella dijo «sí» tratando de sobreponerse a esas dudas que le agobiaban. Ahora un desconocido le refrescaba esa incógnita sin resolver. Hubiera preferido no contestar. Él, al igual que ella, tenía unos hermosos ojos verdes, quizás algo más apagados, pero de un magnetismo parecido. Su cara, curtida por el sol, lucía una barba de cuatro días. Era atlético, y bajo su camiseta se adivinaba un tupido bosque tenebroso. Vanesa se sintió atraída por ese joven. Le gustaba tanto, que había olvidado su pregunta. Se imaginaba una escena sensual: ambos, desnudos sobre una cama de matrimonio, después de hacer el amor, mientras ella jugueteaba con el vello rizado sembrado alrededor de su pene.
- No lo sé - admitió por fin.- Es una historia muy larga.
- Tengo todo el tiempo del mundo.
- De acuerdo, te la contaré - accedió ella -: le conocí cuando yo tenía veinte años. Yo estudiaba en la facultad de Veterinaria, y él era uno de mis profesores. Pensé que estaba enamorada de él. Antes era un tipo muy atractivo. Un día me abordó a la salida de la clase, y me invitó a tomar una copa. Acepté. Esa noche me besó en el portal de mi casa... ahí empezó todo.- Vanesa no dejaba de hacer circulitos con su dedo índice en la superficie de la mesa.- Cuando acabé la carrera nos casamos. Estuve trabajando un par de meses. A él no le gustaba la idea. No decía nada, pero sé que no le gustaba. Quería hacer de mí una mujercita de su casa que le diera muchos hijos... ¡Mierda! ¿Por qué le cuento todo esto a un extraño?- se interrumpió a sí misma. Él no dijo nada. La miró con ternura. Sabía que continuaría con su narración, y prefirió quedarse callado - Él no puede tener hijos. Eso afectó a nuestra relación. Cuando se enteró, entró en una depresión. Traté de ayudarle en todo lo que pude. Pero ni siquiera yo era capaz de superar mi propia sensación de culpabilidad. Creo que desde ese día no hemos vuelto a ser felices. Puede que aún quede cariño, pero ya no hay amor. Ya no hay amor... - repitió vagamente.
- Era lo que estaba esperando oír. Me di cuenta cuando me miraste con ojos de gatita mimosa al pasarme el canuto. Él estaba allí, sentado, a nuestro lado, pero me miraste a mí.
- No imaginé que fueses tan perceptivo.
- La carretera le enseña a uno a serlo. Deberías saberlo.
De nuevo se quedó analizando el rostro de ese hombre de tez morena y largas pestañas. Cuando habían entrado en la cafetería se había sorprendido a sí misma, incapaz de apartar la vista de su trasero. Vestía unos pantalones vaqueros muy viejos, llenos de parches, más por necesidad que por moda. Pero eso, lejos de disminuir su atractivo, lo realzaba. Una cicatriz atravesaba verticalmente su barbilla, confiriéndole un toque a chico duro de bar. Sin embargo, sus ojos eran dulces y, precisamente, la mezcla explosiva de rasgos tan dispares, era lo que le convertía en un hombre atractivo. Vanesa se preguntó si él la encontraría atractiva. Ya no era aquella estudiante que revolucionaba a los compañeros de clase cada vez que se paseaba contoneando su estilizada figura. Y no sólo a los alumnos: a los profesores también.
Quiso llamar a la camarera, pagar la cuenta, marcharse a la caravana. Quiso decirle que mejor sería que él siguiese su camino. Quiso darle la mano, pedirle que lo comprendiese. Quiso huir de esa insoslayable atracción, pero no pudo.
Se levantó y se dirigió hacia las escaleras que conducían al cuarto de baño, más como una necesidad mental que física. Se sentía atenazada por sus propios sentimientos. Omar aún estaría en la mesa, esperando a que ella subiese de nuevo. Se había percatado de lo que ocurría; no era tonto. Pero él no estaba casado con Nacho. No tenía nada que perder.
Abrió la puerta. Se miró en el espejo. Aún era bonita. Siempre lo fue. Se lavó la cara y se mojó el cuello. Todavía quedaban algunas horas antes de llegar a casa. Desearía estar ya allí, darse una ducha y olvidar que, por primera vez desde que se había casado, sentía deseos sexuales por otro hombre que no fuese su marido.
De repente, alguien abrió la puerta.
Ella se giró, reconociendo la visita del peligro que le acarrearían esos viejos pantalones vaqueros.
- ¿Qué haces aquí? No puedes estar aquí. ¡Vete, por favor!
Omar no dijo nada. Avanzó hacia ella. La miró a los ojos, tratando de absorber hasta el último ápice de esa luminosidad que le había hipnotizado. Avanzó aún más hacia la fruta prohibida. Ella le miraba temerosa, pero ardiente al mismo tiempo. A cada centímetro que él recorría, Vanesa sentía latir su corazón con mayor intensidad. Esos dos metros escasos le parecieron una eternidad en un infierno que no se diferenciaba en nada del cielo.
Y cuando estaban frente a frente, él echó su pelo hacia atrás y la besó. Ella le devolvió el beso, tan cálido como breve. «Vete de aquí - le dijo ásperamente.- Te lo ruego...», añadió a continuación en un tono mucho más cálido, consciente de que necesitaba su ayuda para no sucumbir al deseo carnal. Omar la besó de nuevo, e introdujo su mano por el interior de su camiseta. Vanesa hizo un débil intento de evitarlo. Pero mientras su mano apartaba la de él, sus rosados labios carnosos, contradictoriamente, devoraban los de su apuesto amigo. Él tiró bruscamente de la camiseta hacia arriba; idéntica acción hizo con el sujetador, y, con un hambre atroz, le comió los pechos. «Espera», le dijo ella con voz serena. Él se echó un poco hacia atrás, al tiempo que Vanesa se quitaba la camiseta y el sujetador. Sus pechos posaron desnudos a la espera de un nuevo propietario. Vanesa no quiso mirarle. Sentía vergüenza. No levantó la vista del suelo, pensando que él se le echaría encima. No fue así. Extasiado por la escena, puso su mano bajo la barbilla de ella, y la conminó a mirarle a los ojos. Cuando lo hizo, él interrumpió su timidez para decirle: «¡Qué hermosa eres!» Y ella, sin decir nada, con la misma cohibición de una adolescente en su primera visita a un ginecólogo, desabrochó el cinturón y la cremallera de su pantalón, cayendo éste al suelo. Se quitó las bragas, y se quedó completamente en cueros ante el examen de aquel extraño. Él se sintió, por primera vez en su vida, como un araña atrapada en su propia red. Tuvo la necesidad de abrazarla, y cubrir su cuerpo desnudo. Cogió su mano y empujó su cabecita hacia su pecho. Su desnudez le había llevado a un clímax tal, que se sintió perdido. Los voluptuosos pechos desnudos de Vanesa le aprisionaron. Descansó sus manos fornidas de chico duro en ese hermoso trasero femenino, y clavó su vista en la imagen que le devolvía el espejo. Ella le agarró con fuerza, como si fuese a escaparse. Le miró a los ojos, le acarició el pelo, y le besó con pequeños pero certeros mordisquitos que a él le hacían un poco de daño.
Omar no se quitó la ropa. Aduló mentalmente el cuerpo desnudo de Vanesa, extasiado, como si se recrease en un cuadro de Dalí. Había estado con muchas mujeres, pero ninguna le había parecido tan bella. Ya no era una colegiala, sino una mujer, pero con la mirada y la inseguridad de una virgen en un paraíso de árboles frutales. Y, mientras sus bocas descargaban sus emociones, ella no tuvo duda de lo que quería en ese momento. Deseaba que él la cogiera en brazos y la tumbara en el suelo; que le comiera el clítoris con lascivia; que le abriera sus piernas de bebé adulto, que se las colgara sobre sus hombros y la penetrara una y mil veces. No le importaba que alguien les sorprendiese en esa posición. Es más, incluso lo deseaba. Tenía en su interior la necesidad de descargar todas las frustraciones de un fallido matrimonio en una sola noche, en un solo momento, en un solo polvo. Omar le dio miles de besos en la frente, jugó con su sedoso pelo dorado, acarició su ombligo, y recorrió su espalda con su dedo índice, de arriba abajo, acariciándola suavemente. En esa postura estuvieron diez minutos, sin hablar, sin que él hiciese el menor gesto de quitarse la ropa.
Omar le dio un beso esclarecedor en la frente, y le dijo con voz melosa: «Ponte la ropa. Tenemos que irnos.»
Ella comenzó a vestirse bajo su atenta mirada, sorprendida, avergonzada. Se había sentido liberada exhibiendo su desnudez ante él, y ahora le había pedido que se vistiese. Pensó en qué había fallado. Si había sido demasiado ardiente, si se había comportado como una fulana, si la habría rechazado por el liguero y carnoso pliegue que se formaba en su estómago. Pero no podía ser: había ensalzado su belleza. Y captó esa mirada, fija sobre su vagina, despidiéndose de ese caramelo que, en contra de sus deseos, había sido rechazado, quizás, como castigo a su deslealtad.
Sus pechos bailarines se reflejaban en el espejo, mientras se agachaba para ponerse los pantalones. «¿Qué miras?», le preguntó con una fingida sonrisa. «Eres la mujer más bonita que he visto jamás», le respondió. Cuando aún no se había puesto el sujetador, le dio un inocente beso en la boca y le dijo: «Estoy arriba.»
Sin esperar respuesta, empezó a subir las escaleras.
Se sentó de nuevo en la mesa. Pidió la cuenta. Pagó. Miró por la ventana. Observó la caravana.
Seguramente, Nacho seguiría dormido.
Cuando ella llegó hasta la mesa, hizo intención de levantarse. «Me apetece quedarme otro rato. ¿Te importa?», le preguntó Vanesa.
- De acuerdo.
Pidieron otros dos cafés, y miraron al exterior. Era una noche especial, al menos para ellos. Las estrellas brillaban con tanta intensidad que parecían tan próximas como las tazas de ese humeante café.
- Ojalá te hubiese conocido antes.
- Antes ¿de qué?
- Antes de que existiese esa caravana - respondió él, mirando hacia la susodicha.
Vanesa le agarró la mano bajo la mesa, y le dedicó una cautivadora sonrisa.
- ¿Te he dicho que me gusta tu nombre? - le preguntó.
- Sí. Me lo has dicho.
- Es un nombre... especial.
- El tuyo también es muy bonito.
Sintió cómo ella apretaba su mano con la misma fuerza con la que se había aferrado a él en el cuarto de baño de señoras.
- Ya nunca hacemos el amor.
- No tienes por qué contarme nada - dijo él.
- Quiero hacerlo. Necesito hacerlo.
Omar no tenía demasiadas ganas de escuchar.
- Después de enterarse de que no podía ser padre, perdió todo el entusiasmo. Apenas me tocaba. Me repudiaba como si, desde el fondo de su ser, una luz le cegase los ojos y le dijese que toda la culpa era mía. A veces pasaba un mes entero sin que estuviéramos juntos. O dos. Al final acabó durmiendo en otra habitación. Ahora es rara la ocasión en que lo hacemos.
- ¿Por qué no te buscaste a otro?
- No lo sé. No podía. Supongo que la educación que he recibido de mis padres ha influido, ya sabes: «Hasta que la muerte os separe...» Antes de esta noche nunca había sentido la necesidad. Cuando me casé yo era virgen. Nacho fue mi primer y único hombre, y pensé que así era como debía ser. Pero esta tarde, cuando te vi en la gasolinera, noté de repente ese mismo calor que me invadió cuando mis ojos adolescentes le observaban mientras explicaba en clase, con sus pantalones vaqueros mal planchados y su camisa negra Levis. Parecía que no tuviese otra ropa - dijo ella riendo ligeramente -. Era muy guapo. Era el hombre más guapo del mundo. Por eso, cuando subiste, pensé que tú eras Nacho, y él, un extraño. Tú no lo comprendes, ¿verdad?
- Sí. Lo entiendo. Lo entiendo perfectamente.
- ¿Qué piensas?
- Nada. Es tarde, y estoy muy cansado - respondió fríamente.
- ¿Por qué no...?
Él captó esa pregunta que ella no se había atrevido a finalizar.
- No pude. Eres la mujer más hermosa del mundo, pero no pude hacerlo. Justo en el momento en que te quitaste las bragas, pensé en nosotros, y en la caravana. Hubiese dado mi mano derecha porque esa caravana no estuviese en el parking. Te lo juro.
Vanesa le acarició el pelo, suavemente. Él pudo inferir que ese gesto era una forma de demostrar que opinaba lo mismo. Se miraron a los ojos. Hicieron una piña con sus manos, apoyando los codos sobre la mesa.
«¿Nos vamos?», preguntó él. Ella asintió con la cabeza, aunque, realmente, no le apetecía irse. Después de tantos años volvió a sentirse una enamoradiza colegiala, algo que le gustaba y castigaba su conciencia a la vez.
Caminaron lentamente. No dijeron una sola palabra por el camino. Se había levantado una brisa fresca que les devolvía a la realidad.
- ¿Vas a despertarle? - preguntó Omar.
- No. Creo que será mejor dejarle dormir un poco más. Yo también quisiera dormir un par de horas. ¿Te importa?
- No. Claro que no. Me quedaré aquí, fumando un cigarro. La noche es preciosa.
- Muy bien - respondió ella.
Omar miró al interior de la cabina, mientras Vanesa abría la puerta.
Nacho dormía profundamente, ajeno a los últimos acontecimientos.
Omar se fumó un par de cigarrillos, sentado sobre el asfalto, con su espalda apoyada sobre un costado de la caravana. Le hubiera gustado seguir en esa postura durante toda la noche, observando las estrellas. Pero empezaba a sentir frío.
Entró en el vehículo y se acopló en el asiento del copiloto. Miró a Nacho, que armonizaba el lugar con ligeros ronquidos.
Se vio a sí mismo reflejado en el pequeño espejo de la cabina del vehículo. «Tengo que afeitarme un día de éstos», pensó mientras palpaba con la mano la aspereza de su cara.
Miró hacia atrás.
Se miró de nuevo en el espejo.
Decidió que…
Cuando se arrimó a la cama, tras subir al piso superior, notó a Vanesa estremecerse, sorprendida por esa visita.
- ¿Qué haces aquí? ¿Estás loco?
Él no respondió. Empezó a desprenderse de su ropa. Ella le escuchaba respirar profundamente y, aunque la oscuridad le impedía ver con nitidez, intuía lo que ocurría. Mientras ella le avisó con un «no puedes estar aquí», él se acomodó a su lado para, al tiempo que la abrazaba, cubrir sus cuerpos con la única sábana de esa pequeña cama. «Si alguien me hubiese dicho hace veinticuatro horas que pasaría esto, le habría tratado de loco», pensó Vanesa. Pero no le importó el riesgo de que Nacho se percatara de su traición y montase una escena dramática. Estaba cansada de todo. Quería tener un cuerpo dentro que la hiciera sentir. Necesitaba un pene que la atravesara, unos labios que la besaran, unas manos que acariciaran sus senos. Anhelaba un cuerpo caliente que la envolviese con el sudor de la pasión. Echaba de menos joder, saber que la estaban jodiendo, que aún era una mujer a los ojos de un hombre. Entonces, en ese mismo instante, y sin previo aviso ni precalentamiento, él introdujo su pene. Vanesa abrió la boca como un pez, para emitir un corto pero apreciable gemido. «¿Te duele?». «No, pero ve más despacio, por favor», le pidió ella.
Y lento, casi imperceptible, continuó sumergiendo su miembro en aquel socavón. Ella, poco a poco, se acomodó al juego. Se movían pausados, como la batuta de un director de orquesta marcando un tempo largo.
Dos amantes a tempo largo en una caravana bajo las estrellas en una noche erótica, lóbrega, pasional...
- Creo que me estoy enamorando de ti.
- Pues no dejes de enamorarte durante al menos una hora - imploró ella, sintiéndose cada vez mejor.
Paulatinamente el cuerpo de Vanesa imprimía mayor velocidad a su enamoramiento. Omar trataba de seguir lento y ceremonioso, pero esa impulsiva vagina trotaba como un caballo desbocado, y él, encima, se defendía como podía. Tenía que mantenerse fuerte sobre su montura, dominar la situación hasta que se apaciguara. Pero el caballo corría más y más. «Más fuerte, dame más fuerte», suplicaba entre impetuosos gemidos que él trataba de paliar, amordazándole la boca con la palma de su mano. «Más fuerte… quiero más… más». Empezó a sentir la necesidad de darle más fuerte. Pero no podía evitar pensar que ese caballo tenía dueño, y que no andaba muy lejos; eso le agobiaba. Se rehizo de ese pensamiento, y contraatacó. Colocó las patas del animal sobre sus hombros, y le atizó con la brida tan enérgico como pudo. Y el tempo cambió a adagio. Pero ella quería más. «Aún más, cariño, aún más… quiero correrme». De adagio a andante y, por si no fuese suficiente, arreó hasta moderato. Y luego a presto. «¡No pares, no pares!»Y de presto a vivo. Se mantuvo impetuoso, doblegando la vital rebeldía del caballo, tan gemebundo como indomable; quería dominarlo, porque necesitaba dominarse a sí mismo. Ahora él necesitaba más y más, había que terminar. Y le dio más, más, más, un millón de veces más, «toma, puta, pedazo de puta, ¿no querías guerra?… pues aquí la tienes, y no voy a parar, claro que no voy a parar», hasta que los dos, cansados, sudados, acalorados, apasionados, llegaron a una inmensa pradera de hermoso césped, rodeada de miles de pinos. El caballo corrió y corrió y, cuando sus fuerzas se agotaron, se paró de repente, extenuado, relinchando feliz mientras el jinete resoplaba con sus últimas fuerzas.
Domado el animal, se tumbaron sobre la hierba.
Acurrucado junto a ella, se emborrachó de su calor; un calor que le reconfortaba del esfuerzo de esa última galopada.
Ella cogió un paquete de klínex de una bolsa de viaje que había junto a la cama. Se limpió los restos de semen en su vagina. Le secó la frente con otro pañuelo de papel. Le besó en los labios, y le dijo:
- Gracias.
- ¿Por qué?
- Por todo - respondió ella.
- ¿Te has corrido?
- Sí.
- ¿Cuánto hacía que no te corrías?
Ella respiró profundamente antes de responder:
- …Veintiocho años.
Besó su frente, y acarició sus pechos de algodón, aún perlados de sudor.
- Tengo que vestirme.
Ella asintió con la cabeza, pero no hizo el menor movimiento. Se quedó pensativa.
Cuando Omar bajó del piso superior de la caravana, Nacho aún seguía dormido.
«Pues sí que tiene un sueño profundo - pensó -. Si yo tuviese una mujer tan guapa, no dormiría nunca».
Sintió la necesidad de fumarse otro pitillo, y salió de la caravana.
Vanesa decidió vestirse. Y mientras lo hacía, sopesaba si Nacho se habría percatado de su descarada infidelidad. Por una parte, le extrañaba que no hubiese escuchado los gemidos de placer. Pero por otro lado, de ser así, lo normal es que hubiera subido loco de ira, incapaz de controlar la legítima cólera de un esposo injuriado.
Se sentía confundida. «Es una locura lo que has hecho - se decía -. Pero ¡qué diablos! ¿Qué otra cosa podías hacer? No, no hay excusas: es una locura. Aunque pensándolo bien, él parece no tener el menor interés en hacer el amor contigo. No puede decir nada al respecto. Pero no está bien, no está bien lo que has hecho...» Y mientras el sentimiento de culpabilidad y el de reafirmación jugaban una partida de ping-pong en su cerebro, bajó las escaleras.
Apoyado sobre el volante descansaba la cabeza del hombre que la hizo feliz en su día; un hombre que ya no parecía sentir nada por ella. Fumando un cigarro en la calle le observaba un desconocido, un tipo que la había hecho gozar como nunca. Quizás le gustaría que Omar se fuese con ella a casa y que su marido siguiese conduciendo esa caravana por todo el mundo, sin parar jamás. Puede que ni siquiera tuviese ganas de volver a mirarle a la cara.
Vanesa se descubrió acariciándole el pelo, desechando así ese último pensamiento. Poco a poco, su marido empezó a despertarse.
- ¿Nos vamos, cariño?
Él no respondió. Sonrió con un gesto soñoliento.
«¿Estará fingiendo?», pensó ella.
- Es tarde. ¿Quieres que conduzca yo?
- No. Ya estoy despierto. Yo lo haré.
Le dio un beso inocente en la boca que a ella le quemó los labios.
Omar subió. Arrancó el automóvil. Se despidieron todos del lugar con un último vistazo a través del cristal.
Nacho bajó un poco la ventanilla para que el aire le ayudase a despabilarse. No tardó más de cinco minutos en subirla nuevamente. La temperatura había bajado varios grados y ahora la noche, más que fresca, era fría.
Sin hablar ni mirarse estuvieron durante un par de horas, escuchando un programa de radio con el embelesamiento de tres niños chicos viendo un capítulo de Popeye en la televisión.
Cuando se aproximaban a la desviación de Trujillo, Omar les hizo saber que aquél era un buen sitio para apearse.
- ¿Hacia dónde vas? - preguntó Vanesa.
- Tengo un amigo en Trujillo. Estaré un par de días en su casa. Después, ya veremos...
- Entonces, ¿te dejamos en Trujillo? - preguntó Nacho.
- No, no hace falta. Para aquí, por favor - respondió Omar agradecido.
- ¿Aquí?
- Sí. No quiero que os desviéis de vuestro camino. Prefiero dar un paseo. Me gusta pasear.
- Como tú quieras.
- ¿Seguro que no quieres que te acerquemos? - inquirió Nacho.
- Seguro - sonrió Omar.- Es una noche hermosa. Me apetece pasear.
- Muy bien.
Omar se despidió de ellos. Les dio la mano a ambos. Tras expresarles su gratitud, cogió su bolsa de viaje y el saco de dormir y, una vez apeado del vehículo, les saludó con la mano. Ellos le correspondieron con idéntico gesto. Vanesa, además, le regaló una mirada dulce.
Omar siguió caminando. Se giró de nuevo hacia la caravana. Se había alejado bastante. Apenas la veía ya. Caminó durante diez minutos. Se detuvo junto a un árbol, a pocos metros de la carretera. Desplegó su saco de dormir y se arrebujó en su interior. Pensó que al día siguiente vería lo sucedido desde otro punto de vista. Puede que incluso le hiciese gracia. Y a lo mejor algún día se lo contaría a sus amiguetes como una anécdota más de sus viajes. Pero en ese momento se sintió más solo y triste que nunca.
Vanesa se quedó dormida. Nacho aprovechó para acariciarle la mano. Y así condujo durante un par de horas hasta que llegaron a su destino: una mano en el volante, otra mano abrigando la de Vanesa.
Aparcó en la puerta de casa.
« Se acabó el viaje», avisó él.
Ella se despertó mimosa. Miró por el cristal. «Es cierto, ya estamos en casa», se dijo.
- ¿Estás cansada?
- Sí. Un poco.
- Venga, vamos, no lo pienses más. Bajemos.
Ella hizo ademán de cargar todos los bultos. Eran muchos, pues, aparte del equipaje, traían las compras de las vacaciones. Pero él le dijo que lo dejara todo, que al día siguiente habría mucho tiempo para ello.
La agarró de la mano, y, mientras ella caminaba insegura y con los ojos cerrados como una sonámbula, entraron en la casa.
- Voy a tomar un vaso de leche. ¿Quieres uno? - preguntó él.
No obtuvo respuesta.
Ella subió al dormitorio, que estaba en el segundo piso.
Cuando entró y vio esa cómoda cama de matrimonio, se sintió feliz. Y, sin quitarse siquiera la ropa, se echó sobre ella.
«Voy a dormir al menos doce horas», se dijo.
Pero no durmió nada. Al menos en ese momento, ya que, cuando empezaba a amodorrarse, sintió unas manos frías que le levantaban ligeramente la camisa. Incorporó su cabecita. «¡Qué malo eres!», le dijo con una sonrisa fatigada, mientras le rogaba sibilinamente que la dejase dormir. Las únicas palabras que Nacho pronunció fueron: «Estaba riquísima la leche». Ella sonrió una vez más. Entonces, recibió de nuevo el tacto de esa misma mano que, tan fría como antes, le desabrochaba el cinturón de su pantalón.
- ¿Qué haces? - le preguntó.
Ahora fue él quien no respondió.
Nuevamente irguió su cabeza. Y le vio allí, con cierto nerviosismo, como aquella madrugada en la que, quizás abrumado por la diferencia de edad, le hizo el amor por primera vez.
- ¿Qué me haces, cariño?
Y lo que hacía era comérsela. Le había bajado las bragas, y le estaba devorando el clítoris, recreándose quizás en el olor y sabor que el resto del semen de otro hombre había dejado. Recorrió esa húmeda hucha con su lengua, de arriba a abajo, dándole pequeños mordisquitos que a veces no eran tan pequeños. Ella gemía. Gemía como una loca. Gemía, gemía y gemía. Le tiró de los cabellos, haciendo que él le mirase a los ojos. Y, mientras le miraba, su boca se relamía de placer. «Ven y fóllame», le dijo ya despierta; más despierta que nunca. Nacho se despojó rápidamente de toda su ropa, mientras ella misma se recreaba con su clítoris, introduciendo su dedo índice lentamente en él. Lo metía y lo sacaba, una y otra vez. Sólo dejó de hacerlo para, excitada, sentir cómo ese pene erecto la penetraba, forzando un tímido gemido. «¿Te duele?», le preguntó él. «Fóllame», fue su respuesta. Y con la rabia, la fuerza, la pasión, el dolor, la histeria de devolverle todos esos años en que había abandonado a esa su mujer, la persona a la que más había querido en su vida, le hizo el amor como nunca.
Tras el acto, él la abrazó.
- Gracias... - le dijo ella. Y antes de que a él le diera tiempo a preguntar por qué, añadió -: ...por todo.
La besó una vez más.
Minutos más tarde se quedó dormido mientras ella acariciaba su pecho desnudo.
Pero Vanesa, incapaz de dormir, se levantó de la cama.
Sentada en el sofá del salón, con el álbum de fotos de su boda entre las manos, rememoró esa segunda cabalgada del día en la que, por primera vez desde que se conocían, su jinete había sido capaz de guiarla hasta aquella vasta pradera de césped frondoso rodeada de pinos.
Satisfecha y, por qué no, feliz, sintió la necesidad de bajar a la cocina y beber ese vaso de leche fría que antes había rechazado.
Mientras se bebía ese reconstituyente, observó por la ventana de la cocina esa hermosa caravana, ahora cubierta por el rocío de la noche; una noche cargada de magia que en esos momentos llegaba a su fin.
Se dirigió hacia el cuarto trastero, un lugar donde guardaban ropa vieja que ya no usaban, y que, por motivos nostálgicos, nunca se habían atrevido a tirar. Cogió unos pantalones vaqueros y una camisa negra Levis. Se dirigió con ellos hacia la habitación. Dejó reposar las prendas sobre el respaldo de la silla.
Cansada, se acostó junto a su marido, le abrazó cariñosamente, y se durmió esperando que el tiempo hiciera el resto…
FIN