relatos eroticos acababa de cumplir los 19 (por poco se los festejamos en Acapulquito),
de facciones muy finitas, ojos color castaño claro, lo mismo que el cabello,
casi tan bajita de estatura como Tamara (1:55) y, aunque delgada, muy bien proporcionada.
En realidad, había sido una sabia elección, porque me encantaba.
A pregunta nuestra, nos contó que había perdido la virginidad con
un primo suyo, y que Robert y yo seríamos sus varones número 8 y
9.
Le pedí que me contara de los otros, y sonriendo picaramente dijo que
sólo los enumeraría: su primo ya dicho; su profe de química
en primero de prepa; un novio de 19 años; “dos españoles
en Cancún”; Felipe, “aquí presente”; y... “el
otro es un secreto”. Ya siendo amantes, empezó a contarme sus historia,
y esta es la primera:
Miguel, como llamaremos al primo que gozó mi virginidad, era cuatro
años mayor que yo, pero antes de contarte de él tengo que contarte
de Juan, su hermano, que era un año mayor que yo, porque aunque no cogí
con él, no todo en el sexo consiste en meterlo, y añoro aquellos
años en que un roce, cualquier cosa, bastaba para enloquecerme.
De niños, Juan y yo jugábamos y peleábamos como suele
ocurrir entre primos que se frecuentan mucho, y desde por ahí de los
10 años empezamos a curiosear con nuestros cuerpos. Solíamos subirnos
a la azotea del edificio donde él vivía, y yo le tocaba su pequeño
pene, que se ponía duro, como debe ser, y el observaba y tocaba lo mío.
Aquello duró un par de meses, hasta que mi madre se enteró de
alguna manera, y me dijo que eso no estaba nada bien, y tal, y lo dejé
de hacer.
Pero los toqueteos de Juan y los míos habían despertado mi gusto
por aquellas partes “prohibidas” de mi cuerpo, y poco a poco fui
descubriendo la masturbación. No extrañé a Juan ni tuve
deseos de varón, porque mis dedos me daban más placer del que
había tenido en aquellos escarceos infantiles con Juanito, pero pasaron
algunos años, y la teoría, las lecturas, los cursos de educación
sexual, la calentura de las amigas, fueron despertando mi curiosidad.
Como es natural, Juan y yo nos separamos un poco al inicio de nuestra adolescencia
(de la suya), pero seguíamos teniendo contacto. El creció y se
puso más o menos guapo, y llegó un momento en que no pude menos
que preguntarme qué pasaría si aquellos antiguos juegos se reanudaban,
y pronto empecé a fantasear con Miguel, mucho más guapo y desarrollado
que su hermanito, pero eran, o así lo pensaba yo, meras fantasías
que poblaban mi mente cuando me masajeaba el clítoris.
La fantasía dejó de serlo en una tardeada-baile (como se llamaban)
de la secundaria. Yo no quería ir sola, pero siendo chaparrita y sintiéndome
un poco gordita, y con algunos barros en la cara, parecía que no tendría
remedio. Entonces le pedí a Juan que me acompañara, como un gran
favor, y que no dijera que era mi primo, y él, que me quería bien,
accedió.
Como yo había pensado, Juan fue la sensación y la envidia de
mis amigas. Le pedí que me besara y solo de sentir su lengua, y sus manos
en mi cuerpo, y de saberme observada, me ponía cachondísima, como
pocas veces antes. Mis padres pasaron por nosotros al cole, y ese día
ahí terminó todo, pero yo me quedé con ganas de más,
y al día siguiente, un sábado, recuerdo, fui a casa de mis primos,
con el pretexto de pedirle a Juan ayuda para no se qué tarea, y luego
de fingir un poco ante mis tíos, le pedí que subiéramos
a la azotea de su edificio, como hacíamos mucho, para ver la ciudad,
y así empezamos, como de niños, a tocarnos cada vez que nos veíamos.
Jugábamos a ser novios, a ser adultos, arriba de los cuartos de azotea,
según nosotros, fuera de la mirada de las sirvientas que lo poblaban
(dos o tres). Miguel, mi otro primo, dormía en el cuarto de azotea que
correspondía a su departamento y era generalmente arriba de él
donde nos tocábamos, a horas en que Miguel estaba en la escuela. Aquellas
sesiones consistían en darnos besos y tocarnos, casi siempre el en trusa
y yo con la pura falda y las tetas al aire, y las últimas veces, yo le
hacía la paja. Lo malo fue que no supe enseñarle a masturbarme
o, mejor, me dio miedo llevarle sus manos a mi clítoris (que yo sabía
bien cómo debía tocarse), así que llegaba a casa a encerrarme
en mi habitación y masturbarme como loca.
Así pasaron como dos meses, hasta que un viernes saliendo de la escuela
fui a casa de Juan sin haberle avisado. Al acercarme, vi en la puerta del edificio
a Miguel, que besaba a su novia, Lilí, una morena de la Uni que me parecía
de lo más guapa. Alcancé a Miguel subiendo las escaleras, ya cerca
de su departamento, y le pregunté por Juan. Miguel, tan guapo, que estudiaba
arquitectura, no me hacía ningún caso, según creía
yo, pero me equivocaba. Miguel me dijo que Juan había salido y no tardaría
en llegar, que lo esperara, y entramos al departamento. Ahí estuve diez
minutitos hasta que Miguel me preguntó “¿no quieres un refresco,
de mi reserva?” Yo, sorprendida –primera vez que me ofrecía
algo-, subí con él a su cuarto, y ahí, admiré el
decorado del tugurio, y el frigobar del que extrajo una cerveza para él
y una cocacola para mí. me senté en la orillita de la cama, viéndolo,
admirándolo, cuando él soltó: “¿no jugarías
conmigo a lo que juegas con Juan?” De entrada me asusté y le pregunté,
tartamudeando, si nos había visto, y dijo que solía pajearse viendo
nuestros fajes y juegos, “porque estás muy buena, primita, y eres
muy susy”. Yo creí que se burlaba, ¿cómo él,
tan guapo y tan alto y con una novia tan linda, me decía eso? Viendo
que titubeaba, me ordenó (sí, me ordenó) que me parara
y pidió “date una vuelta... así”, y acercó
su banco hasta tenerme al alcance de su mano.
Los viernes tenía deportes, así que llevaba el uniforme de voleybol,
que era lo que jugaba, debajo de la falda a cuadros de la escuela, y estaba
sudada y olorosa, y apenas me había dado la media vuelta cuando él
me acercó hacia sí, y hundiendo su nariz entre mis pechos, cubiertos
por el jersey de deporte, aspiró profundamente y dijo: “hueles
a mujer, a sexo, a ganas”. Yo no sabía si tocarlo también,
o quedarme parada, pero sí supe que quería “jugar”
con él, y terminar lo que Juan había empezado meses antes.
Tras olerme, se separó de mí y me pidió que me descalzara
y me quitara la blusa...y el chort que llevaba bajo la falda. Yo con una voz
ronca que no reconocí como mía, le dije: “sólo si
me dejas verte desnudo”. Cuando él se desnudó por completo,
yo obedecí sus indicaciones, quedando sólo con mi falda y mi ropa
interior. Mientras me sacaba la blusa y el chort, él se había
sentado otra vez y con la mano izquierda empezó a acariciarse muy despacito
el pito, una tranca cuyo tamaño empezaba a asustarme. Cuando me hube
quitado esas prendas, el me jaló con la derecha y me desabotonó
la falda, dejándome parada frente a él, cuya cabeza estaba a la
altura de la mía (él mide algo más de 1.80 y aunque yo
tenía la misma estatura que ahora, me sacaba cabeza y media), y luego,
su mano volvió a subir, desde mi cintura hasta mi nuca, y jalándome,
me dio el primer beso de la tarde, rozando apenas sus labios con los míos,
y luego introduciendo despacio su lengua entre mis dientes, tocando la mía,
todo sin prisas, muy distinto de los torpes besos de Juan.
Hasta entonces moví mis manos, tocando sus hombros, su cuello, sus bien
marcados pectorales. Eso no duró mucho, porque me separó de sí
y me ordenó que estuviera quieta, y luego de observarme unos segundos,
me ordenó que me quitará el bra, y luego me tomó la mano
y empezó a besarme los dedos índice y medio. Me los besaba despacito,
luego de haberme ordenado (más órdenes, carajo) que no me moviera,
y luego se los metió en la boca, recorriéndolos y succionándolos
muy despacio, de abajo hacia arriba, y entonces me preguntó: “¿aprendiste?
Ahora haz así con mi pito”, y me llevó la cabeza hasta su
miembro.
De entrada me dio asco, pero ya estaba bajo su control, y cerrando los ojos,
traté de reproducir las maniobras que él había hecho con
mis dedos. Con su mano, me obligó a ir despacio, muy despacio, y pronto
empezó a gustarme, no el sabor (sabía a algo que luego identifiqué:
a flujos de mujer y a semen: el cabrito se había cogido, un rato antes
a Lilí. Por eso, también, tardaba tanto, así que más
bien, debo agradecerle a Lilí lo que pasó) ni la sensación
de la tranca en la boca, sino saber que ahora yo lo tenía a mi merced,
que podía morir ahí mismo, y que lo estaba haciendo gozar, como
mostraba la tensa rigidez que iban adquiriendo sus muslos y sus nalgas, y los
gemidos que dejaba escapar. Eso y las expectativas, sentirlo, pensar lo que
me esperaba, me tenían a mí también, muy caliente, y mi
panochita empezaba a segregar sus jugos.
No se cuanto llevaba así cuando él me levantó, metió
su mano debajo del calzón y, al sentir mi humedad, dijo: “magnífico,
estás lista”, y me bajó la última prenda que cubría
mi desnudez. Me acostó, y supe que ya era hora, que dos minutos después
perdería aquello que toda mujer bien nacida sueña perder pronto,
pero bien. Me hincó en la entrada de mi panochita la dura punta de su
verga, y empezó a presionar. Yo sentía cómo se abría
paso con una mezcla de emoción intensa, miedo, dolor y placer. Lo tercero
fue lo que dominó cuando, luego de varios movimientos de entrada y salida
de su punta, sin decir nada, ni advertirlo de manera alguna, me la metió
hasta el fondo de un solo golpe.
No pude ahogar un grito, y él me mordió el lóbulo de la
oreja y susurró: “aguanta, aguanta”, y se movió suave,
muy suavemente, hasta que el dolor fue disminuyendo y el placer regresó.
De pronto se quedó quieto, sin haber aumentado el ritmo, y supe que se
había venido. Cuando leí, dos meses después, “Arráncame
la vida”, supe lo que debí haber dicho: “Estuvo muy bien,
pero el final no lo entendí”. No importa que no lo dijera, porque
luego me ayudó el mismo Miguel a entenderlo.
Por lo pronto, él se retiró, y me estuvo acariciando los pechos,
el estómago, los hombros, hasta que me fui relajando, y entonces me masturbó.
Me estaba quedando dormida cuando dijo: “se va a hacer tarde y tus papás
van a preguntar por ti”. Me ayudó a vestirme y antes de dejarme
ir me jaló del brazo, me dio un largo beso y me ordenó “ven
mañana, antes de comer. Sube sin pasar a ver a Juan”. Me fui a
mi casa, adolorida y contenta, ruborosa y llena de preguntas, y claramente dispuesta
a obedecerle.