Tengo hambre y sue?o. Veo el anuncio de un buen hotel en Medinaceli y hacia all? me dirijo.
Aparco junto a la puerta, me inscribo en recepción y mientras suben mis
cosas voy a la cafetería. Está practicamente a oscuras y el dormido
camarero me pone un gintonic mientras busca quien prepare algo de cena. Me encamino
hacia una mesa junto a los ventanales cuando oigo: "chist, oye, ¿no
eres tu Luis, el que quería ser periodista?". "¿No me
reconoces?, soy Consuelo".
"Pero ... Consuelo, ¿qué haces aquí?. Qué
sorpresa, ¿te hacía en Australia, no?".
Dos amistosos besos, un breve abrazo y la alegría de reconocer a una
gran amiga de los primeros años de universidad. "Qué guapo
te veo, cuéntame todo sobre los últimos años, seguro que
es más interesante que lo que yo pueda decirte".
Ante sendos platos combinados más o menos comestibles, unas copas y
después de informar a Consuelo de mis aventuras y desventuras de diez
o quince años, me fijo con detenimiento en ella. Durante algún
tiempo pensé que era el amor de mi vida (sólo fué platónico,
eso sí) y cuando repentinamente se casó y marchó a vivir
a Australia a una gran explotación ganadera, lo pasé mal durante
algunas semanas.
Nunca había resultado especialmente guapa, a pesar de sus cabellos rubios
naturales, siempre muy cortos y de un par de tetas espectaculares (la broma
entre los conocidos era: "no es Consuelo, es Contetas"). Con el paso
de los años había conseguido una cara con profusión de
pequeñas arrugas que la hacían más atractiva y seguía
con el pelo muy corto y, desde luego, con un mostrador llamativo. Me gustó,
la verdad sea dicha.
"¿Y tu vida australiana?, ¿qué ha sido de ti?".
Tantos años sin saber nada y vamos a encontrarnos aquí y a estas
horas".
"Verte entrar a la cafetería ha sido un favor del destino. Estoy
aquí porque llueve, no tengo un duro, no puedo coger una habitación
ni pagar la cena y el último camionero que me cogió en autoestop
se puso demasiado bruto metiéndome mano. Llevo meses dando tumbos por
España, desde que huí de Australia y de mi ex-marido; me temo
que he tocado fondo".
Continuó con una historia deprimente de desacuerdos, desamores, discusiones,
un marido brutal y una vida nada atractiva en una tierra extraña y dura.
El camarero había desaparecido hacía mucho tiempo así que,
tras pedir una habitación doble, nos decidimos a seguir hablando en ella
y a hurgar en el minibar. Con las primeras luces del nuevo día y el exceso
de copas y palabras, nos dormimos uno junto al otro, casi sin desvestirnos,
en una gran cama de matrimonio.
Son las cuatro de la tarde según mi reloj. ¡Qué bien he
dormido!. Consuelo está también despertándose, se estira
y me saluda: "es la primera vez en mucho tiempo que duermo tranquila. Gracias".
Con total naturalidad me da un suave beso en los labios que provoca en mí
una especie de descarga eléctrica y cuando, tras observarme con expresión
divertida, de nuevo me besa (ya con menos naturalidad) la descarga es ya un
cortocircuito que provoca el incendio de todo mi cuerpo, de manera tan evidente
que Consuelo pregunta: "tu y yo nunca lo hicimos de jovencitos, ¿quieres
ahora?".
Mi respuesta es un beso ansioso, largo, húmedo que nos deja sin respiración.
Con prisas nos quitamos las ropas ("cuántas veces soñé
con ver tus grandes y deseadas tetas") y empezamos a acariciarnos con suavidad,
como con miedo ("parecemos dos novios quinceañeros"). Tiene
varios pequeños tatuajes en su cuerpo ("en Australia es costumbre")
que me complazco en descubrir, besar y chupar: un delfín en un tobillo,
una flor cerca del pezón derecho, una especie de ratoncito en el culo,
tres letras semitapadas por el breve y rizado rubio vello del pubis ("malditas
sean las iniciales de mi ex"), un pequeño arabesco en un muslo ("ya
te contaré, es por una novia que tuve") y dos eslabones de cadena
en un omóplato ("es una historia desagradable que prefiero no recordar").
Mi excitación es tremenda pero no se muy bien qué hacer, lo que
Consuelo parece adivinar ("por favor, haz todo lo que quieras, pídelo").
En este punto es cuando mi rabo empieza a necesitar cuidados, la erección
es de las que hacen época y mi rubia amiga empieza a lamer arriba y abajo
una tremenda polla. "¿Tienes condones?, no tomo nada". Horror,
nunca llevo. En España se usan poco y pasamos bastante de ellos. "Por
detrás o en mi boca, ¿qué prefieres?". No lo dudo
ni un segundo: "tus tetas, házmelo con tus tetas". Tetas grandes,
redondas, firmes, duras, con pezones largos y gruesos rodeados de una gran areola
rosa. Me hace un pajote de campeonato aprisionando y meneando el cipote entre
esos dos monumentos, de manera que mi lechada pringa su cara, sus tetas y ese
pelo rapado que tanto me excita. Me desinflo como un globo pinchado ("descansa,
luego me darás gusto a mí".)
Consuelo estaba en el cuarto de baño y a través de la puerta
abierta la observaba con una sensación de familiaridad y complacencia.
Habíamos comido en la habitación y ni siquiera me había
movido de la cama. Me encontraba en un estado de tranquilidad, de calma acompañada
de satisfacción y un puntito de ilusión (¿recuperar la
casi olvidada juventud?) respecto a la rubita (ésta rubita).
"¿Tienes ganas de salir?. El pueblo es muy bonito y aún
hay luz suficiente para dar una vuelta". Así podré comprar
condones, pensaba para mí mientras me regodeaba en la visión de
las curvas de Consuelo.
Llevábamos una hora o más paseando, cogidos de la mano o la cintura
y reconstruyendo tiempos pasados: "Luis, ni siquiera te he contado la mitad
de mi vida australiana. Una epidemia diezmó el ganado de mi marido y
la solución que encontró a sus problemas fué prostituirme
en una región en la que hay una mujer por cada tres mil hombres. De todo
he tenido que aguantar.Tuve que escapar de él disparándole, después
de que me rompiera un brazo de una patada. He hecho de todo para poder comer
y hasta estuve seis meses en la cárcel. Jericó, una peruana de
Médicos sin Fronteras, me ayudó a salir de Australia y he vivido
con ella como marido y mujer durante más de un año en la India.
Hasta he tenido que entrar ilegalmente en España desde Marruecos y pagarlo
en sexo durante dos meses en Barcelona".
"No te has aburrido, no. Ahora no le des vueltas, estás conmigo,
procuremos no creamos problemas y quien sabe lo que nos reserva el futuro próximo.
Vamos a cenar".
¿Cómo es posible que en un hotel de cinco estrellas nadie pueda
proveerte de preservativos?. Aunque sea en un pueblo de Soria, coño.
El postre de la cena fué un largo y sabroso sesenta y nueve. Por primera
vez ví correrse a Consuelo y no sólo me gustó, sino que
me emocionó.
Tras un rato de descanso, copa y cigarrillo compartidos, la rubia empieza a
acariciar mi pene y a mordisquearme lóbulos, labios y pezones ("me
excita estar tranquila contigo; quiero que me penetres, que me folles, pero
no te corras dentro"). Tras los primeros momentos de excitación
tengo ganas de ponerme un poco duro, pero no me atrevo y ella lo nota ("pídeme
lo que quieras, lo que te pone a tono"). Muerdo esos pezones que me entontecen
con más fuerza de lo habitual, doy unos sonoros azotes en un duro culo
que se estremece de gusto ("me excita mucho; pónte un poco salvaje,
pero no me pegues en la cara, no lo aguanto") y consigo una erección
de órdago. "Pónte de pies, ven. Métemela, pero no
te vayas dentro". Penetro un coño caliente, mojado y ajustado a
mi rabo. La postura es incómoda, pero me encanta chocar con esas grandes
tetas cada vez que doy un pollazo. Agarro el culo con fuerza, apretando con
todos los dedos, lo que provoca un par de gemidos en Consuelo ("sigue,
sigue; me queda poco, cuidado con tu leche").
El orgasmo es largo, vibrante, ruidoso y agitado. Tras unos segundos se gira
y me ofrece el trasero ("aquí, entra y córrete en mi culo"),
penetro sin problemas y empiezo a bombear agarrándome a las tetas con
fuerza ("sigue mi niño, dáme tu leche"). Aguanto sólo
unos pocos minutos antes de eyacular ("tenemos que conseguir condones para
la próxima vez").
Llevamos unas veinticuatro horas en la casa familiar de Consuelo en las cercanías
de la Pedriza del Manzanares. Es una gran casa de piedra berroqueña cuya
planta baja y jardín está acondicionados como bar - restaurante.
Me he acercado a la farmacia (ya tengo condones) mientras Consuelo ha ido a
por el correo a casa de una prima.
Al entrar la veo en el dormitorio, arrodillada en la cama y rodeada de no menos
de veinte cartas. Llora suave y calladamente mientras intenta leer varios folios
al mismo tiempo. "Son de Jericó. Está en Mauritania dirigiendo
un hospital y quiere que me reuna con ella".
"¿Y tu qué quieres hacer?"
"No se, pero creo que sigo enamorada de ella. Solamente Jericó
y tu habeís significado algo bonito para mí en los últimos
años. Sabes, tiene dos hijos de un hermano muerto a su cargo que según
ella necesitan una madre y me pide que sea yo. Voy a aceptar. ¿Me ayudarás
con los gastos del viaje?".
Son las cuatro de la mañana y en el aeropuerto de Barajas hace frío.
Hay poca gente esperando la salida del avión que desde Canarias enlazará
con la capital mauritana.
"Luis, gracias, cariño mío. Te escribiré siempre
que pueda y cada vez que tenga ganas de polla. Mira que no haber podido estrenar
los condones. Hasta la vista, ya veremos cuando".
Me besa apresuradamente y desaparece tras la puerta de embarque.
Vuelvo a Manzanares el Real ("cuida de la casa, por favor y pónte
en contacto con mi prima Charo. Quédate a vivir si quieres") con
sensación de vacío, sueño y mucho frío. Al acostarme
me excita el olor de Consuelo en las sábanas y me masturbo cansinamente.
Sólo logro correrme cuando pienso en un numerito con