
UN IDILIO PECADOR
Fecha Martes, 08 abril a las 13:54:33 Tema
Me penetro; ya no me dolio, era tanta mi calentura, que disfrute su clavamiento deliciosamente, mientras me dardeaba, una de sus manos me pajeaba al mismo ritmo
Resulta que hace poco conocí a un hombre adulto, guapísimo y maravilloso. Empezamos a frecuentarnos muy seguido, y era de esperarse que me enamorara locamente de él. El día en que ocurrió lo que les voy a relatar, nos vimos temprano por la mañana, desayunamos juntos y, después de arreglar varios asuntos de trabajo, nos dirigimos a un hotel (ha sido la segunda ocasión de intimidad con él).
Apenas entramos en la habitación, empezó a besarme por todos lados que le fueron posibles. Después, me cargó en sus fuertes brazos (a pesar de su edad, tiene un cuerpo maravilloso y bien marcado, pues años atrás fue competidor olímpico) y, con ternura, me depositó en la cama. Y así, sin siquiera hacer el intento por desnudarme, me besó tierna, loca y apasionadamente, logrando con esos frescos labios empezar a cachondearme, mientras sus expertas manos recorrían, en un vaivén, desde mis hombros hasta mi entrepierna. Mi tranca, para esos momentos, ya estaba erecta y lista para lo que mi adorado señor quisiera hacer con ella.
Yo fui el que empezó a despojarlo de sus prendas; primero empecé con la camisa y, mientras lo hacía, le besaba y lamía las tetillas y mi mano derecha sobaba ligeramente su endurecida verga. En ese momento, gimió y su respiro penetró en mi cuello; su respiración se fue acelerando poco a poco y aquello me excitó aún más. Su bigote cosquilleaba la piel de mi cuello y mejillas, mientras que mis manos ya habían logrado desfajarle el pantalón y apoderarse de la deliciosa barra de carne que, una vez antes, mi boca ya había saboreado.
Con toda la seguridad que despide su persona, logrando no darme a demostrar (por el momento) cualquier mueca de satisfacción, fue su turno para denudarme, pero esta vez yo iba preparado, no como la anterior, que llevaba una trusa algo desgastada y sin chiste. Cuando mi amante descubrió esa minitanga, que más bien parecía el rugido de un león, sonrió satisfecho y, en sus ojos, pude observar el asombro y un hilillo de lujuria.
Por fin quedamos desnudos y listos para comenzar lo que tanto deseábamos. Se agachó, hasta lograr que su boca reposara en mi verga; primero empezó a aspirar el aroma que de ella se desprendía; luego, con suaves y húmedos lengüetazos, comenzó a comérmela lentamente, una y otra vez, hasta que del cabezón brotaron hilillos de lubricante; vi, con gusto, cómo lo paladeó, y eso provocó un estremecimiento en mi cuerpo y un extraño cosquilleo en mi estómago.
-Chúpamela fuerte -invité.
Nuevamente, el brillo lujurioso de sus ojos me recorrió centímetro a centímetro y, casi en seguida, atendió mi petición. Comenzó a mamármela con ternura, pero luego sus labios se volvieron salvajes y más deliciosos. De vez en vez, me acariciaba con la lengua y me daba pequeñas mordiditas, para rematar con tremenda jalada de pellejo; me cubría toda la verga y luego me la soltaba para que se bajara solita.
-Ya no aguanto -mascullé. -Sólo un poco más -ahora él pidió.
Estaba seguro de no poder responder a su súplica, pero se me adelantó, pues una de sus manos se posó casi arribita de mis huevos y ahí me apretó fuertemente, para impedir mi eyaculación.
-Aaahhh -suspiré confundido.
Nunca en mi vida hubiera imaginado que la "venida" se pudiera retardar de esa forma, pero, al fin y al cabo, un hombre mayor y experto siempre ha de saber lo que hace. Dejó de chupármela y se dedicó a besar, lamer, acariciar y mordisquearme todo el cuerpo. En algunas ocasiones y al contacto de su boca con mis partes sensibles, no podía evitar esbozar de carcajadas, pues siempre he sido muy cosquilludo; todo eso parecía ser que a él le divertía mucho, pues apenas notaba una de esas partes sensibles, se profundizaba en cosquillearme más.
Ah, pero cuando, con ternura, empezó a lamerme la parte interior de mis muslos, sentí espasmos, creí desfallecer por lo delicioso que estaba sintiendo en ese nuevo descubrimiento. Perdí el habla por breves instantes, sólo sentía las seguidas convulsiones que mi interior impulsaba, para que mi propio cuerpo y mi piel ejecutaran al unísono. Cerré los ojos para disfrutar hasta el último movimiento, pero el roce de sus labios con los míos me volvió a provocar la misma sensación, aunque con menores brincoteos.
-Tuviste una serie de espasmos sin eyacular -susurró a mi oído
¿Era posible? ¿Podía ser cierto lo que me había sucedido? ¡No lo sabía! Pero ¡cómo lo había disfrutado!
Tomé su falo y comencé a masajearlo con lentitud, casi como grabándole las mismas caricias que él me había ejecutado. Y antes de que se fuera a venir, le hice exactamente lo mismo, presioné arribita de sus huevotes para retardar su eyaculación.
-Ya vas aprendiendo -sonrió.
Comenzamos a besarnos despiadadamente, caricias que debieron haber durado cerca de 20 minutos, y nos tuvimos que separar, pues ya sentíamos los labios hinchados, muy hinchados.
-Te amo -tuve la necesidad de decírselo. -Yo también, mi niño, mi pequeño amante -me dijo y me abrazó fuertemente.
Comenzó otra serie de caricias y la excitación volvió a florecer. En esta ocasión, me acomodó boca abajo; primeramente, se sentó en mis nalgas, para besarme los hombros, la espalda y, conforme iba bajando, sus nalgas resbalaban también por mis velludas piernas. Luego se separó, hizo que me inclinara un poco y zambulló su cara en mi trasero, acariciándome con la lengua el perineo, provocando que mi cuerpo diera brincos de placer, al igual que mi boca emitiera sonoros quejidos.
-¿Estás preparado? -preguntó.
Contesté afirmativamente, Entonces mordisqueó la parte baja y trasera de mis huevos, mientras uno de sus dedos (ya ensalivado) se introducía en mi cuevita del amor, perforada por él, por primera vez, apenas unos días atrás. Inició un delicioso mete y saca, mientras que su golosa boca se deleitaba con mis bolsitas de carne.
-Inclínate más -me apresuró, y su verga se acomodó en espera de mi culo.
Apenas lo hice y me penetró; ya no me dolió, era tanta mi calentura, que disfruté su clavamiento deliciosamente. Recargó mi cabeza en la cabecera de la cama y, mientras me dardeaba, una de sus manos me pajeaba al mismo ritmo. Era inevitable que en tal estado pudiéramos resistir un poco más, así que sólo me bastó darle un aviso, para que mi pareja se vaciara dentro de mí, al igual que yo en su mano, y así él bebiera mis tibios fluidos con lentitud, paladeándolos, como un rey ante el mejor de los vinos.
Después de la maravillosa entrega, nos recostamos a descansar y no supe en qué momento, pero nos quedamos dormidos, yo acurrucadito en sus protectores brazos. El tiempo pasó y mi despertar fue bello, pues sus tibios besos volvieron a electrizarme, pero, lamentablemente, ya era tarde, igual que en todas nuestras citas, el tiempo se nos había ido volando. Nos dimos un rápido regaderazo y ahí, en la penumbra de la habitación, nos dimos un último beso, sellando la promesa de vernos dentro de tres largos días.
Esto que les cuento no es mentira, estoy realmente enamorado de este hombre, que es veinte años mayor que yo, y sé que él también me ama, pues me lo ha demostrado de muchas formas, pero… nuestro amor no puede ser, por la simple y sencilla razón de que es casado!
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