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Confesiones: Destino Final Miserere
Enviado el Viernes, 12 febrero a las 03:39:47 por nachox

 Vivir en el conourbano bonaerense es tener la vida atada a las vías. Con localidades separadas en este y oeste, norte y sur por una desfloración de hierro, pedregullo y barreras, sus habitantes miden la distancia en estaciones, el tiempo en rápidos y locales y el destino en hora pico o no pico.

Para los que alguna vez vivimos en zona oeste el dragón ciego se llama Sarmiento y se arrastra zigzagueante por paisajes disimiles, tragando y vomitando la gente a su paso con la más absoluta indiferencia. Era nuestro punto de referencia, nuestra coordenada geográfica y motriz. Sé que ahora no está mucho mejor pero por los tiempos de mi recuerdo sus vagones sombríos y destartalados eran asfixiantes de día e intimidantes de noche. Durante los viajes en hora pico, si eras mujer y eras joven, no podías escaparte de la masa de manos impúdicas que te sobaban sin piedad. A primera hora de la mañana parecía que vos eras la única que no podía coordinar de sueño y a la tarde la única que estaba exánime, las manos siempre estaban despiertas, siempre estaban activas, haciéndote sentir repugnancia siempre … o casi siempre.

Subí esa madrugada, camino hacia la facu, en un vagón que ya venía lleno por un retraso en el servicio de media hora y que prometía ponerse peor. Dos estaciones después la avalancha humana me empujó hacia la puerta de enfrente y me dejó pegada contra el respaldo de la primera fila de asientos tan apretada que se me dificultaba la respiración. Pronto empecé a sentir contra mis glúteos la presión insistente de una pelvis que parecía despertar a pasos agigantados a un monstruo carne y sangre de proporciones increíbles. Me sostuvo la cadera y se pegó violentamente a mí. Era la típica situación de la que, hasta ese momento, siempre había tratado de escapar. El roce hacía que mi respiración se acelerara y la potencia de su erección famélica me quemaba la piel. La mente me reclamaba acciones defensivas y el cuerpo me suplicaba precipitarse en la vorágine de sexo que le prometían. Estaba confundida, pero el morbo ya había tomado impero dentro mío y en lo único que podía pensar era en el roce febril y las manos firmes que me sostenían; detrás de mi, quién las manejaba, ya tenía claro que esto había dejado de ser un acoso hacía varias estaciones para convertirse en un ritual de lujuria y su sorpresa se juntaba con su excitación en cada respiración…

Pasando Caballito, apenas menos congestionado el vagón, emprendimos el camino a estación Miserere. Mi sangre bramaba la fiebre en mis venas cuando, casi llegando a destino, el tren paro en el túnel y se cortó la luz dejándonos en la más absoluta oscuridad. Pareció la señal que en las coreografías de la danza moderna indica a todos los que están en escena que tienen que empezar a moverse desordenada pero rítmicamente. Me di vuelta con su ayuda y sin poder verle la cara deslicé mi mano por su verga infinita, dura y apremiante mientras él, con un movimiento desesperado y torpe, levantó mi pollera y no sé cómo consiguió liberarse de mi mano y deslizarse por entre mis piernas en el preciso instante en que el tren reemprendía la marcha.

Se prendieron las luces pero en el amontonamiento era imposible ver lo que estaba pasando, y lo único que tal vez nos delató fue el ahogado sonido, casi imperceptible, que se escapó directamente de su garganta cuando nuestras pieles por fin se tocaron. El corazón se me salía del pecho, estaba aterrada pero ya no podía parar, mi propio tren había pasado la última de contención y acabé con violencia muda y desorientada a penas un segundo antes que él. Todavía podía sentir la pulsión de su semen cuando el tren se detuvo y abrió las puertas dándome el tiempo justo para bajar la pollera y saltar al andén. Turbada, con la cabeza estallándome por la presión del momento, solo podía pensar en huir, tratando de dejar los más lejos posible a esa “Geheugen” lujuriosa y lasciva que me había poseído y por la que ahora estaba agobiada de turbación y de vergüenza.

(Nunca lo logré y con el paso de los años he dejado de intentarlo, pero las sensaciones que me produce ahora son completamente diferentes)

Sé que su situación fue más comprometida que la mía, pero no me detuve ni un segundo en mirar atrás.

Temblorosamente encontré un cospel en mi cartera y lo metí en el molinete como quién tira una moneda a la Fontana de Trevi…por favor que no me siga, no sabía cómo continuar en una situación como esa y mi mente tejía oscuras fantasías sin sentido. Sí!!! El subte llegaba cuando entre en el andén, me precipité dentro y me sentí segura; recién entonces me atrevía a mirarlo por primera vez… él lo había perdido por apenas segundos y se quedó ahí desorientado, respirando agitado y con los ojos todavía vidriosos viéndome partir.

Por fin pude relajarme y ensayar la primer sonrisa, mientras el semen, todavía tibio, seguía recorriendo mis muslos.

P. D: Estuve meses sin viajar en tren por miedo a encontrarlo, Y años buscándolo entre mis piernas durante mis ritos de placer a solas. Lo que hubiera dado por tenerlo en mi boca!!

 


 

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Re: Destino Final Miserere (Puntuación 0)
por Anonymous el Jueves, 04 marzo a las 16:19:15
El Sarmiento da para todo, a mi me paso algo parecido con dos damas en el furgon de las bicicletas


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