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Dominación: Bajo las ordenes de Bárbara
Enviado el Lunes, 18 enero a las 05:01:12 por nachox
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Ocurrió a finales de segundo de carrera, aunque la cadena de sucesos que lo desencadenaron empezaron en primero. La principal coprotagonista de los hechos es Bárbara. Estudiaba conmigo Comunicación Audiovisual, aunque antes de empezar la universidad habíamos ido juntos en el bachillerato, aunque no habíamos tenido mucha relación.
Bárbara era tremendamente atractiva. Bajita, alrededor de metro sesenta, morena, pelo largo, piel clara, ojos oscuros, nariz respingona y una mirada y una sonrisa tremendamente morbosas. Irradiaba sensualidad y sexualidad, a pesar de que ella, en contra de la fama que le seguía, siempre aseguró que sólo había hecho el amor con su exnovio y se proclamaba una romántica. Su familia tiene bastante dinero y un piso grande en el barrio más caro de la ciudad, pero ella siempre ha ido de malota alternativa, con un estilo ligeramente gótico, pero no muy exagerado. Yo por mi parte soy más bien normal, tímido, metro setenta, con algo de tripa, guapo de cara y con dos cualidades que siempre me han hecho la vida más fácil en lo que a las féminas se refiere: se hacerlas reír y tengo algo en la mirada que les gusta.
Como casi toda la población masculina heterosexual que alguna vez se ha cruzado en la vida de Bárbara le tiré la caña, aunque no con mucha insistencia, seguramente por falta de confianza en mi mismo. Cuando empezamos la carrera, ella sólo me conocía a mi y yo sólo la conocía a ella, lo que hizo que lógicamente las primeras semanas nos sentáramos juntos en clase antes de conocer a otras personas. Además, los dos cogíamos el mismo autobús de vuelta a casa. Aproveché esta circunstancia para intensificar tímidamente mis ataques, sin aparente éxito. En mi facultad es obligatorio hacer cada cuatrimestre un taller. Básicamente son grupos de doce a quince alumnos claramente enfocados a trabajos prácticos en grupo. En el segundo cuatrimestre coincidimos en el mismo taller. En un principio, evidentemente, me pegué a Bárbara. Pero no hay nada que rompa más amistades en grupo que los trabajos en grupo, y poco a poco empecé a cansarme de la actitud de Bárbara, que parecía que lo hiciera todo pero en realidad no hacia nada, y más de una vez había que arreglar los desaguisados que ella causaba. Además, apareció en escena Ana, una chica también preciosa, pero opuesta a Bárbara. Si Bárbara era sexo salvaje, Ana era para casarse, y no pasó mucho antes de que entre Ana y yo surgiera “algo”, no se si llamarlo química, cariño, fuerte simpatía o un embrión de amor, aunque tampoco importa mucho en esta historia.
Todavía hoy no sé si Bárbara se lanzó a por mi porque no soportaba a Ana, o si no soportaba a Ana porque yo lo gustaba, pero desde el momento en el que Bárbara se olió que entre Ana y yo había ese “algo” su actitud hacia mi paso de “verlas venir” a “ofensiva total”. Se sentaba en mis rodillas en la cafetería, me abría ventanas continuamente en el messenger, cuando se sacó el carné de conducir se ofreció a irme a buscar a casa por las mañanas y llevarme después de clase… Yo no podía evitar sentirme malévolamente usado para intentar hacer daño a Ana, que era y es más buena que el pan, y además seguía acumulando enfados con ella cuantos más trabajos hacíamos en el taller hasta llegué a pegarle una buena bronca que ella resistió estoicamente, a pesar de ser una persona de carácter duro, no protestó y hizo lo que le pedí. Y así acabó el curso. La mejor manera de explicar mis sentimientos hacia Bárbara es decir que estaba hasta los cojones de ella.
El azar hizo que en el primer taller de segundo Bárbara y yo volviéramos a ir juntos. Había que hacer varios trabajillos en grupos de cuatro o cinco. Cada vez que el profesor proponía un trabajo y había que formar los grupos ella me proponía ir juntos, a lo cual yo sistemáticamente le decía que no de la manera más cortante que podía. Y llegamos al segundo cuatrimestre de segundo de carrera, cuatro taller y, por tercera vez consecutiva, el ordenador o quien sea que organiza los grupos nos colocó en el mismo taller. Esta vez el trabajo principal era el rodaje de un corto. Éramos trece, por lo que había que formar tres grupos, dos de cuatro y uno de cinco. Lo cierto es que Bárbara tuvo suerte. Viendo la gente que había en el taller estaba claro que ya había dos grupos “naturales”, uno de cuatro y otro de cinco, gente que era amiga fuera de la universidad, lo cual dejaba un grupo de cuatro en el que estábamos encuadrados Bárbara y yo. No pude hacer mucho para que los grupos fueran otros, y de todos modos con los otros dos miembros del grupo (Carla, una chica que no está nada mal y Dani,, un chico gay), me llevaba realmente bien. Supuse, y supuse bien, que ante un posible conflicto con Bárbara se pondrían de mi lado. Mi “algo” con Ana ya se había consumado en parte y por aquel momento estaba en fase de hibernación. Un poco por todo, y sobre todo por el bien del grupo, pensé que lo mejor sería rebajar la tensión con Bárbara, al menos hasta entregar el corto.
Sin embargo Bárbara es una persona con la que yo no puedo trabajar. Simplemente no, y cualquiera que haya rodado alguna vez un corto o algo sabe perfectamente que en los rodajes las tensiones saltan a la mínima. En parte gracias a la mediación de Dani y Carla, mis cabreos con Bárbara no llegaron al punto que habían llegado en primero, pero fueron sí fueron suficientes para que la profesora se diera cuenta de que no trabajábamos bien juntos. Cada día que pasaba la soportaba menos.
Acabamos el corto, y el siguiente trabajo del taller era mucho más simple, por parejas, había que hacer un análisis de una secuencia de una película, pero esta vez no nos iba a dejar hacer los grupos a nosotros. Según la profesora, quería ver qué tal trabajamos con personas con las que no teníamos afinidad. “Ay”, pensé yo. Efectivamente. Tenía que hacer el trabajo con Bárbara. Incluso hubo un run-run en la clase cuando dijeron nuestros nombres, yo y ella encantada, por supuesto.
Pero tenía que hacerse, así que un día quedamos en que yo iría a su casa y lo haríamos. Era finales de mayo o principios de junio, y hacia un calor espantoso. Llegué a su casa, un piso bastante espectacular en la mejor zona de la cuidad. Y ella no estaba menos espectacular. Me recibió con una camiseta negra muy ajustada con un prominente escote que resaltaba su figura, y una minifalda granate que dejaba al aire sus espectaculares piernas. Para rematar la situación, estaba sola en casa y el aire acondicionado no funcionaba.
Empezamos a trabajar. Ella aprovechaba la mínima ocasión para rozarme con sus piernas, con las manos o lanzarme una de esas miraditas y sonrisitas suyas tan cargadas de morbo. No sabía qué me hacía sudar más, si ella o el calor. Hasta que no pude más.
-¿Te importa que descansemos un rato y me doy una ducha? Estoy sudando como un pollo- dije.
- Claro que no- me dijo y me guió hasta su cuarto de baño.
La puerta del cuarto de baño es de esas modernas que no tienen pestillo de toda la vida, sino un pequeño botón que bloquea la manilla. Cerré la puerta, me aseguré de que estaba bloqueada y me desnudé, tenía una erección tremenda. No tardé en darme cuenta de que había ropa suya por el suelo. Me metí en la ducha, dejé correr el agua y empecé a masturbarme. Estaba pensando qué hacía yo masturbándome pensando en Bárbara cuando, de hecho, podía estar follándomela si quisiera cuando, de golpe, alguien corrió la cortina de la ducha. Allí estaba Bárbara, con su camiseta negra, su escote, su minifalda, sus piernas, su expresión pícara y una horquilla en la mano que había usado para desbloquear la puerta desde fuera.
Yo estaba totalmente estupefacto. Cogió mi pene erecto, mirándome como diciendo “no está mal”, y como si esta fuera una correa me llevó hasta el cuarto de sus padres y me tumbó de un empujón sobre la cama y saltó sobre mi. Me beso. Su lengua entró en mi boca como un huracán y yo sólo pude dejarme llevar. Está bien. Tú ganas. Entonces se separó de mi, pero yo quería más. Aborrecía a esa mujer, pero en aquel momento solo quería besarla, manosearla, follarla. Intente besarla yo pero ella me frenó. Intente tocarla y entonces descubrí que me había atado las manos a la cabecera de la cama con unas esposas. No sé como lo hizo, era casi de prestidigitación, pero tenía una mano atada a cada extremo del cabezal con un par de esposas. La miré y tenía una risa pícara y malévola a la vez. Cogió unos cinturones y me ató mis pies a los de la cama. Se quitó las braguitas y me las metió en la boca. Estaban húmedas. En ese momento sacó una cámara de fotos y me hizo unas cuantas. De cuerpo entero, de mi cara con sus bragas en la boca, de mi polla erecta… se empezó a reír y salió de la habitación, cámara en mano, dejándome atado dentro. Cuando volvió al cabo de unos minutos ya no llevaba la cámara. Se deslizó sobre la cámara lentamente, como una gata. Paso una de sus piernas sobre mi cuerpo, quedándose a horcajadas sobre mi. Notaba su coño húmedo sobre mi polla. Se inclinó sobre mí, pasó sus brazos por detrás de mi cuello y me besó lenta y apasionadamente, culminando su beso en un mordisco en mi labio inferior que me hizo algo de daño. Acercó su boca a mi oreja y me dijo con voz lenta y sensual:
-Me ha costado cazarte ¿eh?- podía sentir su aliento en mi oreja.- Me has humillado en público, has pasado de mi como de la mierda… pero eso ya da igual, porque a menos que hagas todo cuanto te diga toda la universidad va a ver esas fotos que te he hecho ¿entiendes? A partir de ahora eres mi esclavo ¿me entiendes?
- Sí- dije yo un tanto derrotado.
Me dio un beso en la mejilla cargado de sarcasmo dada la situación. Se levantó y me vendó los ojos. Noté como se desnudaba y dejaba caer su camiseta y su minifalda sobre mi. Volvió a ponerse a horcajadas sobre mi y caminó de rodillas hasta que mi cara estuvo entre sus piernas.
-Come- ordenó.
Hice lo que me ordenó. Su coño estaba delicioso y disfrute comiéndoselo, notando sus fluidos en mi cara, oyéndola gemir, notaba que se estremecía, pegaba su chochito a mi cara y cada vez gemía más fuerte hasta que me llenó la boca de líquido cuando llego a un orgasmo que desde luego no era fingido. Aún estaba intentando respirar cuando noté que me estaba poniendo un condón. Se levantó de mi cara y empezó a cabalgarme salvajemente. La violencia de las sacudidas era tal que la venda de mis ojos se movió un poco, dejándome entrever que Bárbara estaba de espaldas a mi. Pude ver su esbelta silueta, su culo sobre mi. Entonces me miro, vio que la venda estaba mal y la recolocó. Estaba a ciegas otra vez. Noté que Bárbara se daba la vuelta, sin permitir que mi polla saliera de ella se inclinó sobre mí y me besó. Su lengua era como un tornado. No pude más y me corrí, tan fuerte que ella se corrió de nuevo al momento. Nos quedamos unos minutos así, ella tumbada sobre mí. En silencio. Yo a ciegas. Empezaba a pensar que Bárbara se había dormido cuando dijo:
-Vamos, aún tenemos que currar.
Se levantó, y al cabo de un minuto noté que me soltaba las manos y los pies. Me quité la venda y vi que se había vuelto a poner la minifalda y la camiseta. “Lástima” pensé, tenía ganas de verla desnuda. Me indicó que la siguiera y me llevó de nuevo a su habitación, me senté aún desnudo frente al ordenador en el que estábamos trabajando y ella se sentó sobre mis rodillas y así seguimos trabajando.
Eran las nueve de la noche y llevábamos el trabajo bastante avanzado.
-Ya hemos trabajado bastante por hoy, otro día lo acabamos.
Cerró el Word y se conectó al MSN. Se puso a chatear con Elisa, una chica del colegio a la que le gustaba yo. Ella a mi también me atraía físicamente, pero un amigo mío estaba enamorado de Elisa, por lo que yo nunca hice nada, a pesar de que me ponía muchísimo. Estuvieron hablando un rato y de golpe Bárbara escribió “mira lo que tengo” y activó la webcam. Cuando Elisa me vio detrás de Bárbara, con el torso desnudo, dijo “anda!! Ya lo has cazado??” a lo que Bárbara contestó “Sí, y bien cazado. Resulta que me tiene que obedecer en todo”. “¿Está desnudo?” preguntó Elisa “quiero verlo”. Bárbara dio un empujón y la silla de secretaria con ruedas se separó de la mesa, dejando que la webcam nos cogiera a Bárbara y a mi de cuerpo entero. Vi por la pantalla que ella no se había vuelto a poner las bragas, lo que me causó una nueva gran erección. Nos volvimos a acercar a la mesa. “¿Te apetece jugar con él?”. Mientras esperaba la respuesta sacó un condón de un cajón y me lo puso. “Sí” contestó Elisa en el momento en el que mi polla volvía a entrar en el coño de Bárbara. Siguieron chateando como si nada mientras Bárbara volvía a cabalgarme. Poco a poco, pero era imposible que Elisa no se diera cuenta. Mientras hablaban como si nada, y Bárbara ignoraba a todo el que le hablaba excepto Elisa. De golpe, Bárbara empujó la silla para atrás de tal manera que Elisa nos viera todo el cuerpo y empezó a cabalgarme más fuerte, cogiéndome por las muñecas tan fuerte que me clavó las uñas. Me aplastaba contra el respaldo y yo sólo podía besarle la nuca y la base del cuello. Nos corrimos al poco. Nos volvimos a acercar al ordenador y Bárbara le escribió “¿Quieres venirte ya?”. “Llego en media hora” fue la respuesta.
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